Privar contra su gusto

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La comedia Privar contra su gusto, a través de sus tres mil docientos versos integrada en la Cuarta parte de comedias de las obras de Tirso de Molina, es una obra que se puede clasificar como comedia palatina, a la vez que se adscribe al género cómico. Sin embargo, la comicidad de la pieza está arraigada a las acciones de Calvo, quien cumple su papel de gracioso y que eventualmente da pie a juegos verbales que son propios de las comedias de Tirso de Molina en el uso de este tipo de personajes.

La serie de confuciones y enredos amorosos hace de esta comedia una exponente del género de enredo, sin embargo, la calidad de alta nobleza de los personajes hace que se termine adscribiendo a las obras palaciegas. La intriga amorosa se centra en la figura del rey de Nápoles, Fadrique, la infanta Isabela, don Juan de Cardona y su hermana doña Leonora. A su vez, la relación se complejiza con el entramado (¿a caso político y contextual como mencionan Blanca de los Rios y Wilson, principalmente?) que implica la relación del Rey con su recién nombrado privado, don Juan.

En el primer acto el rey de Nápoles, Fadrique, se encuentra de caza por los bosques, cuando se enamora de la bella Leonora, a quien le externa su caprichoso deseo. Una vez que sale de escena la hermana de don Juan, el Rey sufre un atentado contra su vida, perpetrado por seis enviados del duque Anjou. En el mismo bosque cercado para la caza del Rey, su hermana, la infanta Isabela, se baña en un río, contemplandola don Juan; este hecho se lo cuenta inmediatamente a su amigo don Luis, quien le hace ver la posibilidad de que sea la infanta a quien ha visto. Don Juan lo duda. Escuchando los gritos y el alboroto, don Juan acude a ayudar al Rey, rescatándole a el y haciendo que este sobreviva al atentado. Deseoso de recompenzar la noble labor, el Rey le otorga el título de privado. Pero pronto don Juan descubre que la mujer a la que vio anteriormente en el río es, en efecto, la hermana del Rey. Así, el primer acto cierra con el entramado amoroso y la complicación propia del enredo.

El segundo acto se abre con el desarrollo de la problemática de la comedia: el deseo de dejar la privanza por parte de don Juan de Cardona, la preocupación de su propio honor, representado por su hermana Leonora y sus propios intereses románticos por la infanta Isabela. Al tramar una reunión nocturna con Leonora, el Rey deja encerrado a don Juan con la correspondencia real. Mientras tanto Rugero y Horacio, dos nobles de la corte, intentarán nuevamente atentar contra la vida del Rey habiendo colocado polvora bajo su habitación. Por su parte don Juan escapa del encierro que le procuró el Rey, y escucha los planes regicidas, dando noticia de esto al propio Fadrique. Sin embargo, don Juan no revela su identidad:

Rey: ¡Válgame el cielo! ¿a mi vida?
¿Quién eres, hombre, que espantas
y obligas a un tiempo mismo?

Juan: Soy quien penetra vuestra alma
y sé vuestro pensamiento.  (vv. 2024 – 2028)

Ante el asombro por los conocimientos de los asuntos oficiales y el agradecimiento por evitar su muerte, el Rey queda en deuda con la extraña voz que finge don Juan, y este le pide tres cosas: “que a la hermana/ de don Juan, si no es que intentas/ como a esposa sublimarla,/ olvides, que no es de reyes/ desdorar ilustres famas” (vv. 2143 – 2147), la segunda que destituya como privado al mismo don Juan y la tercera que otorgue a don Luis el cargo de mayordomo de la corte y de la casa. Así el Rey se retira meditabundo, confuso y reflexivo sobre la extraña aparición y los favores que este le ha pedido por salvarle la vida.

El tercer acto comienza con don Juan, contento de haber actuado como lo ha hecho y espera la llegada del Rey. En este último acto se pone de manifiesto la calidad noble y fiel que tiene don Juan para con el Rey, pagando así sus cuentas y realizando todas las diligencias que este le había encargado. A su vez el Rey da parte de las peripecias que le han pasado y cuenta el nuevo atentado. También comienza a cumplir con los favores que el incógnito don Juan le ha pedido. Así, destituye a este mismo de forma cortés y amable, nombra a don Luis mayordomo y toma como consorte a doña Leonora, honrando tanto a ella como a su hermano. Al final, don Juan también logra su cometido con la Infanta al desentramar los engaños y ardides en su contra, pues demuestra que, pese a haberle visto desnuda, no ha faltado a su honra en ningún momento. El final, pues, cuenta con un desenlace que satisface a todos los personajes.

Si bien la comedia en varias partes peligra con convertirse en una tragedia, el final se corresponde con el estilo de Tirso de Molina, donde el ingenio, la astucia y virtud del personaje principal logra que las adversidades incrementen el valor de sus personajes, heroicos, ante todo, en su forma de actuar ante las circunstancias más complejas. La implicación de personajes políticos y las conspiraciones, así como la presencia de la polémica figura del valido (sobra recordar el papel de Olivares en la corte de Felipe IV) invita a numerosos críticos a encontrar interpretaciones políticas e históricas. Sin embargo, como señalan Calvo y Romanos, la comedia ante la cual nos encotnramos es un espejo multifacético que “termina por enfrentarnos a un vidrio opaco, en el que nada se refleja” (p. 72). La comedia de Tirso de Molina, sí que restaura el lugar y correspondencia de cada actor con su función; así, el privado y su ingenio son manifestación de los dotes que le hacen digno exponente de su condición noble y el cargo real. Hacer una lectura más acida, crítica o incluso contraria a la política española de principios del siglo XVII parece, por lo tanto, forzada. Eso sí, los personajes y situaciones dan pie a diversas reflexiones, contenidas en ingeniosas frases, que dejan entrever los conceptos, ideas y consejos que Tirso de Molina consideraba importantes con respecto al valido, el Rey y las respectivas dinámicas de poder que les confiere autoridad y validez social en la España del siglo XVII.

(Cito por la edición de Molina, T. de, Obras completas. Cuarta parte de comedias I, ed. I. Arellano, Pamplona, IET, 1999)

Alejandro Loeza

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