Morir por y pese a la belleza: “La muerte en Venecia” de Thomas Mann

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Thomas Mann (1875 – 1955) reclama en su pequeña novela La muerte en Venecia la reinvindicación de la Belleza por encima de la sociedad que le rodea. La novela en cuestión maneja numerosos temas, profundos y banales, trascendentes y triviales, que van desde la euforia del viaje hasta el fastidiado hombre de la tercera edad que ve la muerte llegar junto a sus deseos más reprimidos. En cinco capítulos, Mann escribe sobre el escritor germano Gustav von Aschenbach, de quien vemos una evolución emocional y psicológica digna de la fama y los reconocimientos hechos al escritor alemán, Premio Nobel de literatura en 1929. La novela está protagonizada, básicamente, por dos actantes: el mencionado Aschenbach y Tadizo, joven polaco que será la obsesión del primero.

En el primer capítulo Aschenbach, quien vive en Múnich, a través de un soliloquio establece sus tristeza, su fastidio y ante todo un relativo bloqueo mental que le impide escribir con soltura. La época es entreguerras y la referencia es breve pero concisa: “Era una tarde de primavera de quel año de 19…, que durante meses mostró a nuestro continente un rostro tan amenazador y cargado de peligros” (p. 7). En este capítulo conocemos muchos detalles sobre la forma de ser de Aschenbach: su mirada inquieta, su deseo de viajar, la imaginación casi apaciguada por la monotonía y la insatisfacción como la escensia del talento del escritor. Así, este capítulo cierra con la desición de viajar a Venecia, como estímulo de esa imaginación estancada.

El segundo capítulo es más bien de tipo descriptivo y con un narrador en tercera persona, nos cuenta la trayectoria del germano, quien proviene de una familia burguesa, pertenece a una “generación acostumbrada a dar muy pronto lo mejor de sí misma, y cuya capacidad creadora raras veces resistía el paso de los años” (p. 14) y que ha obtenido los reconocimientos a su trayectoria con el pasar de los años.

Durante el tercer capítulo se narra el viaje a Venecia y através de las descripciones se percibe un mundo viejo, cansado, caduco y derruido por los deseos contenidos. Entonces, en el hotel, conoce a su obsesión, la belleza que le hará abandonar su viejo mundo impulsado por Tadzio el joven polaco: “El rostro pálido y graciosamente reservado, la rizosa caballera color miel que lo enmarcaba, la nariz rectilínea, la boca adorable y una expresión de seriedad divina y deliciosa hacían pensar en la estatuaria griega de la época más noble” (p. 33). A partir de este momento Aschenbach acepta su fatídico destino, que en realidad son dos: contemplar al muchacho en silencio y saber que la belleza del joven lo atormentará. Entre Tadzio y Aschenbach comienza una relación silenciosa y de miradas, en la que los pensamientos son puestos por Aschenbach y la aceptación complice del obsersavo es el pacto que les une en una tensión que se mantendrá hasta el final.

El cuarto capítulo es una odisea filosófica centrada, particularmente, en Sócrates y sus discursos sobre la belleza y la estética. En este punto se reproducen diálogos en voz del propio Aschenbach, quien trata de asimilarlos con su experiencia, con el deseo contenido y las estimulaciones que lo confrontan con su moral burguesa. Así, afirma que: “la belleza misma con esa mirada [las de Tadzio], la forma como pensamiento divino, la perfección pura y única que vive en el espíritu y de la cual, para ser adorada, se había erigido allí una copia, un símbolo lleno de gracia y ligereza” (p. 57). Y convierte a partir de la belleza, un medio para alcanzar la espiritualidad: “La belleza es, pues, el camino del hombre sensible hacia el espíritu” (p. 58). De su detenidas observaciones al joven polaco, Aschembach cree establecer una relación enmarcada por las fugaces y tímidas miradas del octogenario; para el alemán, cada cruce de miradas es una invitación a la contemplación y en cada contacto visual encuentra un profundo discurso sobre la belleza que justifica sus deseos reprimidos: “Era inevitable que entre Aschenbach y el joven Tadzio se fuera estableciendo cierta relación, cierto tipo de conocimiento” (p. 64). La inspiración y la paz que busca se ve desplazada pues ahora lo importante es mirar e intentar apropiar esa Belleza en las palabras, que, como afirma el escritor de ficción, las palabras solo celebran la Belleza mas no la reproducen.

El capítulo final es una apreciación evolutiva de la psquis de Aschenbach. Con cierta lucidez, confronta su pasión en contra de la moral burguesa que tanto le atormenta y que le hace creer en un final apocalíptico. La obsesión por mirar a Tadzio le lleva a buscarle todo el tiempo, ya sea en el hotel o en la urbe veneciana, evadiendo los peligros de su obsesión haciendo que por momentos haga un llamado a su propia razón, que nunca se restaura. En este escenario aparece el colera, elemento por el cual varios visitantes comienza a vaciar el hotel, pese alos eufemismos con los cuales la policia local intenta mantener la calma y evitar el éxodo de turistas. Aschenbach solo seguirá al joven polaco, y mientras este no abandone el hotel con su familia, el tampoco lo hará. El amor que profesa Aschenbach se sostiene en la estética dionisica, que busca establecer la estimulación y el placer como motor de la Belleza que contempla. Un último discurso filosófico fija la apologética de su obsesión: “Porque la Belleza, Fedro, tenlo muy presente, sólo la Belleza es a la vez visible y divina, y por ello es también el camino de lo sensible, es, mi pequeño Fedro, el camino del artista hacia el espíritu” (p. 91). Las lineas finales son ecos de la muerte, incluido Tadzio quien riñe y corre el peligro de morir en un juego infantil. Observandolo por última vez, Aschenbach contempla a Tadzio antes de desmayarse para nunca más despertar, víctima del cólera.

La Belleza es el móvil de los deseos de Gustav von Aschenbach, escritor que en la última etapa de su vida requiere un lugar y un motivo para buscar esas palabras que, como ya hemos dicho, solo hacen honor a la Belleza. Es fascinante la escritura de Thomas Mann, ante todo por su narrativa introspectiva, que expone una psicología en constante discusión con la moral, la sociedad y el intelecto. Aschenbach cede a premiar sus deseos contenidos pues al final la Belleza le lleva a la cúspide mística que pretende, aunque ello tendrá que llevarlo a transitar por la muerte misma. Aschenbach ya nunca más puede separarse del efebo que le causa toda suerte de pensamientos y que de normal impulsan a su cuerpo a buscarle encontrandose, muchas veces sorprendido, cuestionándose a si mismo su forma de actuar. Creo que entre las hojas de esta magnífica novela esta la clave de la misma obra: “Para que una obra espiritual relevante pueda tener sin demora una incidencia amplia y profunda, ha de existir una secreta afinidad, cierta armonía incluso, entre el destino personal de su autor y el destino universal de su generación” (p. 15). No hay duda de que la obra es un canto a la inspiración que la Belleza logra en el escritor, ya sea el propio Mann o su ficción Aschenbach. La novela de Mann es un ejemplo de la Belleza en contexto, la Belleza como motivo y la Belleza como elemento de inspiración, de creación y de la muerte misma.

 

Alejandro Loeza

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