Los hermanos parecidos

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En este auto sacramental, también contenido en Deleitar aprovechando (1635), Tirso de Molina hará énfasis en la salvación a través de la reivindicación de los pecados por medio de Cristo. La metáfora – alegoría de esta acción estará centrada en el juego de naipes, de gran simbolismo en la época del propio Tirso. Conformada por 956 versos, el auto sacramental está compuesto en diversas métricas, destacando la octava real, las quintillas iniciales y en romancillo hexasílabo de las últimas líneas. En las piezas preliminares al auto sacramental, una primera canción menciona el banquete sacro, en el que Cristo es el que invita y a la vez el banquete mismo, representación en la cual su sacrificio en la cruz crea un símbolo cristológico. Por su parte la loa reafirma el tema de la pieza primera: Cristo como sacerdote y victima del sacrificio mismo. Una canción lírica introduce el motivo rústico-pastoril del cual suele hace uso Tirso de Molina en sus obras. De aspectos cultos, el poema refiere al locus amenus.

El Atrevimiento, quien no es sino hijo del demonio, inicia este auto sacramental haciéndole saber a la Admiración su intención de servir al Hombre, como fin y medio de la perdición. Antes de la entrada del Hombre, se le compone una canción:

Músicos.          Sea bien venido
por gobernador
el virrey del orbe,
el mundo menor. (vv. 101-104)

El Hombre, por su parte ocupa un lugar privilegiado en el gobierno del mundo y es llamado a ser el privado de Dios, quien será, naturalmente, la figura del rey y/o monarca. A la llegada del Hombre, los cuatro continentes le hacen ofrendas y deifican su gobierno: alegorías del mundo gobernado por el hombre serán Asia, África, Europa y América. Asia le dedica las siguientes palabras: «Las cuatro parte desta esfera baja / que es tu jurisdición, vienen a darte / la obediencia debida y la ventaja / de cuantas cosas cría en cada parte.» (vv. 133- 136). Después, el Hombre recibe a la Vanidad, de quien está enamorado profundamente y a quien sigue en todas sus órdenes. De esta manera, la Vanidad invita al Hombre a comer de la manzana, la cual ha encontrado en una gaveta del Mundo:

Vanidad.          Una gaveta sola hallé con llave
y en sus molduras, caro esposo, escrito
«Ciencia del bien y el mal»: precepto grave
cerrar la ciencia, Adán, que solicito.
Parecióme el manjar bello y suave,
porque esto de saber causa apetito.
Llegó el Engaño, que mi amor procura,
y con él arranqué la cerradura.
Comí el fruto más tierno, más sabroso,
que ofreció a los sentidos la apariencia.
Repara en la gaveta, caro esposo,
pruébale y le hallarás por excelencia. (vv.  229- 240)

De esta manera, la alegoría nos muestra como la Vanidad, a través del amor que el Hombre le profesa, llega al Atrevimiento, que en este caso, guarda directa relación con el Diablo y el pecado. Una vez que el Hombre ha comida la manzana, se melancoliza por el pecado (una constante en la representación del pecado en las obras de Tirso de Molina) y acepta como ayudantes de su gobierno al Engaño y al Deseo. Esta corte de alegorías da relativo juego a pensar en alguna crítica o metáfora de la política del siglo XVII y sobre todo a las figuras del valido, de la cual la obra de Tirso no está ausente (ver Privar contra su gusto o el auto sacramental No le arriendo la ganancia). Vencido en el pecado, el Hombre escucha al Atrevimiento quien le festeja la acción: «que ya eres Dios, con Él te igualas» (v. 300).

En este punto del auto sacramental, se introduce el elemento más ingenioso de la representación: el juego de las barajas o naipes, donde en medio del vicio y el pecado el Hombre, la Vanidad, la Codicia y la Envidia juegan. En el juego se harán alusiones constantes a la vida de Cristo, como la traición de Judas; dice la Codicia: «Vendí la sangre del Justo. / Tomad allá el vil dinero, / que no faltará un cordel.» (vv. 636 – 638). El Temor entra y advierte al Hombre de la presencia de la Justicia de Dios quien conoce su pecado. El Hombre, atemorizado por la culpa de los excesos, huye. Su temor se convertirá en locura, como parte del proceso del pecador y la desesperación que le supone la conciencia del pecado mismo: «No hay lugar donde me esconda, / que con ser mudo el pecado, / después que se ha cometido / voces a Dios está dando.» (vv. 665 – 668). Decidido a quitarse la vida (despeñándose), el Hombre es detenido por Cristo quien es su hermano parecido y asume las responsabilidad del Hombre en el juego, pagando por el todas las deudas adquiridas, en clara alusión al pecado: «que yo que a librarte bajo / pagaré por ti, pues tengo / caudal» (vv. 784 – 786bis). Consumado el engaño de los hermanos parecidos, Engaño y Atrevimiento entablan diálogo con Cristo, de tal manera que el Engaño viene a representar a los judíos y en los siguientes versos se representa la Pasión, por medio de la cual se hace la justicia de pagar por los pecados

Cristo.             Pues me tienen por mi hermano,
sus culpas satisfaré.
Padre, este cáliz amargo
bebo por él, porque él beba
la sangre de mi costado. (vv. 868 – 872)

[…]

Muera yo y viva mi hermano,
pues esta es la justicia que ha mandado
hacer por él en mí mi mismo agravio,
que pues siendo yo Dios quise fialle,
justo es que quien tal hizo que tal pague. (vv. 879 – 882)

De esta manera concluye el auto sacramental, con la crucifixión y la reivindicación del Hombre, reconociendo lo generoso del sacrificio y admitiendo que la comunión es la salvación de la humanidad. Al final, lo que salva al Hombre es su parecido con Dios hecho hombre, es decir, el “parecido” con Cristo.

Este auto sacramental indaga en las primeras líneas en las bases doctrinales conocidas del Génesis y la pérdida del primer estado de gracia de Adán y Eva. De ahí, se va directamente al juego simbólico de los naipes y un elemento propio del teatro de Tirso de Molina: el enredo. De este elemento, Tirso explota la figura metafórica del parecido, de la trinidad y la rendición del pecado a través del otro, es decir, Cristo.  Gran parte de esta obra se condensa en lo figura principal del Hombre, personaje trágico que es perseguido por su propia conciencia. Este auto sacramental, de lectura dinámica y con claras referencias teológicas, no deja de ser un acertado texto en el cual Tirso practica sus versos de tema sátiro, con varias referencias probables a la corte española del siglo XVII. La obra, al final, es precisamente lo que apunta su autor: un regocijo que busca adoctrinar con la metáfora.

Alejandro Loeza

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