Mantear: acción de burla áurea

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Una de esas imágenes que perduran al que mira este cuadro, consiste en la figura central de la fría máscara de un hombre lanzado a los aires. Me refiero a la famosa pintura de Francisco de Goya, titulada El pelele y pintada entre 1791 y 1792. La burla de aquel caballero a manos de las féminas está servida. No solo es la máscara aquello que infiere pasividad, sino el cuerpo quedo y sin fuerzas que se deja ser burlado. Sin embargo, cuando Goya dibuja este cartón, el “manteo” llevaba una larga trayectoria como forma de burla carnavalesca y popular. El tema puede ser inabarcable, pero me ciño a una definición y a la presencia literaria del manteo.

El Diccionario de autoridades define mantear como “Levantar en el aire alguna persona o bruto, poniéndole en una manta, y agarrándola por las esquinas le impelen con violencia hacia arriba, y le vuelven a recoger en ella. Es juguete que se suele ejecutar con los perros en carnestolendas”. Esta definición de principios del siglo XVIII muestra dos posibilidades: la presentada en Goya a finales del mismo siglo, como burla a la persona, o bien, como el que recoge la tradición áurea, la de la humillación que supone la sustitución del perro por la persona.

De ello, buena muestra encontramos a finales  del siglo XVI en el la novela picaresca Guzmán de Alfarache (1599) de Mateo Alemán. En esta obra, Guzmán va a Génova en búsqueda de su supuesta familia noble donde solo encuentra insultos y escupitajos. A la noche Guzmán encuentra una hospedería donde le ocurre lo siguiente:

Pasado ya lo más de la noche, declinaba la media caminando al claro día y, estando dormido como un muerto, recordóme un ruido de cuatro bultos, figuras de los demonios, con vestidos, cabelleras y máscaras dello […] Habían puesto sobre el colchón, debajo de la sábana, una frazada. Cada uno asió por una esquina della y me sacaron en medio de la pieza […] Comenzaron a levantarme en el aire, manteándome como a perro por carnestolendas, hasta que ellos, cansados de zarandearme, habiéndome molido, me volvieron a poner adonde me levantaron y, dejándome por muerto, me cubrieron con la ropa y se fueron por donde habían entrado, dejando la luz muerta. (Primera parte, libro III, capítulo 1, p. 381)

Humillado, Guzmán abandona inmediatamente la ciudad para evitar las burlas que la animalización le han provocado para, en palabras de Victoriano Roncero, “demostrarle al pícaro mediante la burla y la risa subsiguiente que es muy inferior a ellos socialmente” (De bufones y pícaros: la risa en la novela picaresca, p. 140). Por ello, no deja de ser interesante como esa imagen de Goya representa parte de una tradición y su evolución burlesca, que refiere a un tópico de risa y que supone la burla del individuo, tanto en el siglo XVI y dos siglos después constituye su plena humillación.

Alejandro Loeza

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