Algunos bufones

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Bufón medieval.

En el excelente libro De bufones y pícaros: la risa en la novela picaresca de Victoriano Roncero se retoman anécdotas al menos interesantes sobre algunos bufones en la tradición literaria. En las líneas anteriores al estudio, Roncero explica la posición “privilegiada” del bufón: éste, podía criticar y parodiar numerosas escenas con referentes de la corte sin sufrir ninguna represalia por ello.

El bufón, nos dice Roncero en su obra, utilizaba el humor “grosero” (violencia física y humor escatológico, principalmente) para exaltar la “desmesura, la abundancia, la ausencia de barreras y el concepto de un mundo al revés” (p. 40). A su vez, para Erasmo de Rótterdam nos dice que a través del humor en boca de los bufones, estos estaban autorizados en la corte para decir las verdades a los monarcas o a los nobles, sin recibir por ellos ningún castigo (Elogio de la locura, p. 59). Pero esta flexibilidad hacia los bufónes también era su mejor carta para evadir la ley y los crímenes. Por ejemplo, Roncero nos habla del bufón alemán Conrad Pocher, citado de Welsford, quien ahorcó a un niño enfermo. Una vez detenido, su auto defensa resultó tan divertida que fue puesto en libertad y nombrado bufón del Conde Palatino. Por su parte Chicot, de oficio abogado durante el reinado de Enrique III, dejó su oficio por el de bufón que era más rentable. También se menciona el caso de la Condesa de Crescente quien fue la graciosa de Felipe IV y a quien este tuvo en gran estima. Por su parte fray Hernando se hizo pasar por bufón para evitar la justicia de las Comunidades de Castilla.

El bufón de Carlos V confirió burlas explícitas a miembros de la corte que falseaban su orígenes nobles y los expuso a la risa de los demás.  Sin embargo, los mismos bufones alguna vez obtenían nobleza al ejercer el oficio: Felipe II confirió a Miguel de Antona heredades y un escudo de nobleza por los servicios prestados en palacio. A su vez, Nicolás Pertusato fue nombra Ayuda de Cámara.  Curiosamente, apunta Roncero, el bufón, heredero de la tradición clásica y medieval de la risa, está desamparado fuera de la corte, como se vivifica en otra servidumbre del mismo Felipe II: Magdalena Ruiz, temía salir por las calles de Lisboa por miedo a los gritos y sobajamientos que podía recibir de la gente. Los bufones en las cortes europeas provocaron todo tipo de calamidades: el bufón francés Brusquet mató a muchos pacientes al hacerse pasar por médico. Cuando el Delfín le pidió cuenta de sus acciones, este le contestó: “¿Y cómo se quejan de mis remedios los que están ya curados de la fiebre a perpetuidad?” (p. 258). Otros bufones utilizaron su lugar privilegiado para abogar por mejoras: un bufón al criticar la sentencia de Paconio por parte del cruel Tiberio, le hizo recapacitar a este sobre la sentencia; Will Sommers, bufón de Enrique VIII, intervenía a favor de los pobres en la propia corte.

Como vemos en el libro de Victoriano Roncero, el indulto a estos bufones era común, más si sus respuestas eran ingeniosas y causaban gracia en la corte. Además su capacidad de hacer reír les permitió conformar parte del círculo más cercano del poder monárquico en las cortes europeas.  El estudio de Roncero contiene muchos datos sobre los bufones y su tradición, representada en la literatura áurea. En este aspecto, el de los bufones, se cumple aquel lugar común que nos indica los peligros de la ficción comparada con la realidad, donde esta última suele sorprendernos más que las letras referidas en las obras de su época. Así con los bufones y el poder de la risa.

Alejandro Loeza

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