Las dictaduras de la mente: a propósito de Respiración artificial de Ricardo Piglia

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“Escribo la primera carta del porvenir”
Ossorio

Hace años que sabemos que hay una historia: una historia subordinada a la sociedad, a los gobiernos y ante todo, a los límites de la mente. En 1980 Ricardo Piglia (Adrogué, 1940) se aventuró a descubrir si había una historia, por lo menos, para contar, a través del anodino personaje Emilio Renzi. Esa historia, como sabemos, trata del poder en la Argentina de los caudillos-dictadores y que, como casi toda la historia de las dinastías políticas en Latinoamericana, conlleva una injerencia mental en la sociedad que les edifica. El alterego pigliano evocará en la primera parte al carismático pero postrado física y políticamente Luciano Ossorio a quien va a entrevistar: «Yo soy Argentina, carajo, decía el viejo cuando deliraba con la morfina que le daban para aliviarle el dolor. Empezó a identificar la patria con su vida, tentación que está latente en cualquiera que tenga más de 3000 hectáreas en la pampa húmeda» (p. 46). Al final de su entrevista con Renzi, dirá «conozco mi suerte. Sentado, carcomido, artificial, mi carne metálica se herrumbra a la sombra de estos muros roídos por la blancura de las lámparas eléctricas, y sin embargo, jamás he de perder la esperanza de poder pensar más allá de mí mismo y de mi origen» (p. 90). Este será el inicio de una búsqueda por parte de Renzi de esa historia personal y a la vez tan universal. La confección de la novela está en clave epistolar, la cual se lleva a cabo entre Renzi y su exiliado familiar Marcelo Maggi, quien dará noticias de su amigo polaco Tardewski, clave en la trama final que abordará una suerte de historia crítica de la literatura universal (?).

Las referencias a la literatura se harán en claves metafóricas como la mencionada por Maggi describiendo el arte de las letras como un contrabando de ilusiones, relativa a la experiencia y el sentido (este sentido ya está presente en el epígrafe citado de T.S Elliot al inicio de la obra). En la novela, se explica, la experiencia anula la ilusión ya que como advierte Maggi, las ilusiones nos inventan, según las realidad determinadas al molde social necesario. La literatura en esta novela es un aliado en los exilios y ante todo en contra de esa dictadura de la mente, que supone la sociedad del caudillaje, de los populismos fantásticos y de las carismáticas dictaduras latinoamericanas. La construcción fragmentada de la realidad (casualmente, muy barroca) se puede observar en la misma confección de la novela, que no devela el todo de su trama, y las injerencia de Renzi es una constante construcción de esa realidad, que al conjuntar esas pequeñas partes de la vida familiar y política constituyen un todo. Dirá Ossorio: «Lo que podía pensarse unido, sólido, comienza a fragmentarse, a disolverse, erosionado por el agua de la historia» (p. 86). Elemento no menos complejo será la temporalidad entre las que se maneja la obra: cartas del pasado, alusiones al futuro próximo, y claro está, el tiempo presente, elemento desde donde se habla para reconstruir un pasado fragmentado. Y la calve será la misma relación epistolar de las cartas que Renzi encuentra de su antepasado Enrique Ossorio, fechadas a mediados del siglo XIX: «Entonces un relato epistolar, ¿Por qué ese género anacrónico? Porque la utopía ya de por sí es una forma literaria que pertenecen al pasado. Para nosotros, hombres del siglo XIX, se trata de una especie arcaica, como es arcaica la novela espistolar. A ninguno de los novelistas contemporáneos (ni a Balzac, por ejemplo, ni a Stendhal, ni a Dickens) se le ocurriría escribir una novela utópica. Por mi parte trato de no leer a los escritores actuales. Busco mi inspiración en libros pasados de moda» (p. 109). La propuesta epistolar se hace acompañar de una dimensión literaria que construye la novela de Piglia a partir de constantes evocaciones al Facundo de Domingo Faustino Sarmiento, Cervantes a través de Borges, Macedonio Fernández, Roberto Artl (de quien se dice en la novela es [p. 158]), Faulkner, Shekespeare, Joyce, Gertrude Stein, Baudelaire, Thomas Mann, Dante, Kafka y Hitler (en su calidad de escritor de Mein Kampf). El alucinante final planteado en voz del polaco Tardewski reflejará la dimensión intertextual de la literatura como materia de ficción en esta novela.

Y esa literatura expone una calidad y dimensión de las dictaduras que los escritores rompieron con los esquemas de su época,  de sus sociedades y de las dictaduras de la mente de una cultura específica. El escritor es una suerte de exiliado, y así se ejemplifica cuando Ossorio escribe sobre la libertad histórica del exiliado. En una carta remitida por Enrique Ossorio desde el pasado (1850) deja entrever en su carta la transgresión como parte del exilio pues supone una muerte física, pero no política: su condición, la de exiliado, supone esa discordia con la realidad política e histórica de su época, pero que a su vez guarda relación con el secreto desagrado de Renzi con sus propias dictaduras. Y el exiliado también construye realidades: «Los muertos y los amigos (vos entre ellos) se me aparecen en los sueños. Así son las cosas en esta época: para encontrarse con la gente que uno quiere hay que dormir» (p. 101). El exilio, en la obra de Piglia, es una utopía, es atemporal y adimensional.

El autor de esta magnífica novela arma su propia tradición literaria, entre Artl y Borges, pasando por Macedonio Fernández. En mi opinión, lo narrado por Renzi trabaja la frontera entre ficción y realidad, a lo que el autor alude en una entrevista realizada en la revista Crítica y ficción: «soy de los que piensan que todo se puede convertir en ficción. Los amores, las ideas, la circulación del dinero, la luz del alba. Cada vez estoy más convencido de que se puede narrar cualquier cosa: desde una discusión filosófica hasta el cruce del río Paraná por la caballería desbandada de Urquiza» (p. 170). Y a partir de esas ficciones que recrean la realidad, creo que Piglia hizo una novela sobre el exilio, exilio que se puede realizar desde varias perspectivas: la sociedad, la cultura, la literatura y la política. Para Piglia la clave está en las letras y en ellas, en sus exiliados, se puede encontrar una verdadera historia de la evasión a las dictaduras de la mente, principio de grandes y pequeñas dictaduras.

Alejandro Loeza

Nota: Andrea Medina Razo defendió hace unos años la tesis “La versatilidad del lenguaje en Respiración artificial: la construcción de un discurso poliédrico” en la Universidad Autónoma de Yucatán. Dicha tesis es un interesante y exhaustivo trabajo sobre la novela de Ricardo Piglia y quien desee ponerse en contacto con la autora puede hacerlo a través del correo: andrea.mrazo@gmail.com

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