Antes de contar, un cuento: Tres rosas amarillas de Raymond Carver

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Siete son los cuentos que se reúnen bajo el nombre de Tres rosas amarillas, nombre que también da título a uno de estos cuentos. Siete cuentos que para mi gusto, son protagonizados por el mismo personaje, desde perspectivas distintas, con situaciones al borde, sin asomar al abismo de lo existencial, pero siempre a un paso de él. Digamos, rodeando el abismo. Pero destaca el hombre hecho personaje, el escritor Anton Chejov, en el cuento Tres rosas amarillas, sobre el que Carver escribe con admiración literaria y humana.

El cuento homónimo de esta colección es tan interesante como los seis que lo rodean, pero parece que esos seis construyen a un mismo personaje, transparente y violentado por realidades cotidianas y monótonas de los suburbios estadounidendeses de mediados del siglo XX. Parejas separadas, madres controladoras, hermanos gorrones, hijos que se dan la gran vida por Europa a expensa del trabajo del padre…Carver tiene buen ojo para “fotografiar” ese Estados Unidos de postguerra, de una felicidad de manofactura que contrasta y choca con la existencia de los seres, obligadamente, masculinos. De los cuentos de Carver, se desprende un olor a putrefacto, anticipando la Estados Unidos no “tan feliz” que dibuja la postguerra.

Junto con John Kenedy Toole (1937 – 1969), Carver es uno de esos escritores que alcanzaron mediana o ninguna fama (el caso del primero) entre la crítica de su país, cuestión que los llevó a una vorágine de autodestrucción. No sorprende que en los últimos años de su vida, una crítica menos “capoteana” le concediera el título del “Chejov americano”, honor que se justifica con el ya referido cuento Tres rosas amarillas. En este cuento se narra los últimos días de Anton Chejov, el famoso escritor ruso que pasa a formar parte de esas vidas reclamadas por Carver, para llenarlos de tristeza y melancolía. Aquejado por la tuberculosis el Chejov carviano comienza haciendo digresiones sobre su situación familiar, y literaria, que casi siempre terminará comparándose con Tolstoi, la gran figura de la literatura rusa del XIX. Carver escribe con admiración sobre los últimos años de Chejov, con la reverencia y heroísmo que a sus personajes les niega, aunque algo de ese aire que ya he mencionado le impregne. Desde Badenweiler, Chejov se refugia con su amada Olga en el trance final que estará lleno de exquisiteces y excentricidades: en vez de un tanque de oxígeno, prefiere el champagne. Corre el 2 de julio de 1904.

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Y ahí, Olga, junto al cadáver de Chejov, con champagne de único compañero y acariciando la mano de su difunto amante, afirma: «No se oían voces humanas, ni sonidos cotidianos – escribiría más tarde-. Sólo existía la belleza, la paz y la grandeza de la muerte». Y es la belleza de la muerte lo que Carver le permite a Chejov, el escritor al que admira, hecho personaje. A sus otros personajes, todos acarician formas de suicidio, o desean la muerte pero la cobardía se los impide, pese a que en las breves narraciones es palpable que la vida se les apaga desde adentro, desde los pensamientos y la melancolía que los enmarca.

Es, pues, la obra de Carver, una referencia a un existencialismo de postguerra, con una perspectiva retroactiva a Chejov, con una visión romántica desde el siglo XX. La mirada que hace Carver sobre la vida de Chejov es una reverencia al escritor, quien claramente influye en el norteamericano, en una época en la que, sin lugar a dudas, su simpatía por la literatura rusa no pudo ser menos sospechosa de determinadas paranoias gubernamentales. Pero ¿quién leía a Carver? Como el escritor brillante que fue, Carver tendría que correr por la tristeza de los excesos pese a su final reconocimiento.

Alejandro Loeza

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