Yo también leí a Horacio: cosas de Sátiras

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horacio

En una de las tantas lecturas necesarias para entender temas y motivos áureos, me topé con el imprescindible Horacio. Poeta lírico que, según acusan varios estudios, fue retomado al menos en estilo, por varios escritores escolásticos de la Edad Media. El dato no lo examino ni me ocupo de él en esta breve reseña. Tampoco creo que deba mencionar su clara presencia en autores del Siglo de Oro, de la cual al menos podría hablar de su clara injerencia en las obras de fray Luis de León, Tirso de Molina e incluso en una novela ejemplar de Cervantes. En cambio, me ocupo de las sátiras que más han suscitado mi interés.

En diciembre de 65 a. C, Venusia (hoy Venosa) ve nacer a uno de los poetas más destacados de la cultura clásica: al poeta lírico y satírico Horacio. Sobre su afiliación republicana y su militancia filosófica con los epicúreos no repararé. De esa filosofía encontramos en las sátiras esa vocación al placer, ya no como parte de la vida, según Aristóteles, sino como la vida misma. De Horacio, el Siglo de Oro retomaría el beatus ille, el archiconocido carpe diem y, claro está, el delectare et prodesse. Sus Sátiras son, en mayor o menor medida, una vocación de esa filosofía de Epicuro, y son llevadas a la lírica de una forma más bien anecdótica y en ocasiones dialécticas. Estas Sátiras, en todo caso, denuncian, exhiben, critican, burlan, autorizan y calla los vicios del siglo de Horacio, no sin considerar más la condición humana, antes que la sociedad en la que Horacio se ve envuelto.

En su primera sátira, Horacio arremete contra la ambición y exalta la vida del campo, burlando la de la urbem: «Quien por un juicio es arrastrado del campo a la urbe / clama que sólo son felices los que viven en la ciudad» (p. 69). Horacio, claramente, desprecia la codicia y la avaricia que lleva al hombre a la ciudad: «Y buena parte de los humanos por codicia cae en error. / “Nada es bastante”, dice, “que tanto tienes, tanto vales.” / ¿Qué le vas a hacer? Mándale que sea miserable, pues / gustoso lo hace, como uno se cuenta en Atenas / harapiento y rico despreciaba las voces del pueblo / normalmente así: “El pueblo me silba, pero yo me aplaudo en casa, mientras admiro mis dineros en el arca.”» (p. 75). La advertencia de Horacio irá directamente en ese sentido: teme de la ambición que te lleva a la urbe, pues ciega y destruye, hasta convertir al hombre en un avarus.

La segunda sátira es, a mi gusto, la más exquisita pues trata las particularidades de los adúlteros. Horacio recrimina esta forma de vida y, en contraste, aplaude recurrir a las prostitutas, por no exponer la fama y buen honor, como en el caso de los adúlteros: «y muy a menudo la prostituta está mejor. / Con la ventaja de que ofrece mercancía sin aderezo, / enseña sin tapujos lo que tiene a la venta y presume de / sus virtudes en público, sin querer ocultar su defectos» (p. 93). Además de la posible pérdida del honor y fama, Horacio considera los potenciales peligros físicos de ser sorprendido en el acto, ya con el marido de la adultera, ya con la propia esposa. Y dirá que, por lo tanto, prefiere a la prostituta, es decir, a la «Venus asequible y fácil» (p. 97).

Una tercera sátira enmarca la importancia de la amistad sincera, critica la envidia y del cómo debemos considerar los actos de los amigos, y nos dirá que: «Un amigo entrañable, como es justo, / sopesando mis vicios y mis cosas buenas, inclínese / por éstas, si tengo más cosas buenas» (p. 107). La cuarta sátira es referente a los malos poetas, entre los que considera a Éupolis, Cratino, Aristófanes, Crispino, etc. Los versos se centraran sobre todo en los estilos y estructuras de la época. La quinta sátira es sobre los viajes y sus agobios.

satiro y ninfa

La sexta sátira presenta a un Horacio más crítico a las clases sociales de su época. Critica la interacción entre clases sociales altas y bajas, y menciona el arribismo de las clases inferiores, así como la actitud oligárquica que existe en la sociedad de la época; pero Horacio destacará la sencillez como actitud: «Yo tengo por gran honor / agradarte a ti, que sabes distinguir honradez de vileza / no por un padre ilustre, sino por una vida y mente puras» (p. 157). La séptima sátira se puede entender en su conjunto con la mencionada sexta: tratará de los problemas políticos después del asesinato de Julio Cesar y los problemas entre Marco Antonio / Octavio contra Bruto. La octava sátira critica las estatuas mal hechas, deformes e irreales.  La novena es una reivindicación de la filosofía epicúrea: burla la charlatanería y a los supersticiosos. La décima y última del primer libro de Sátiras, es una dura burla a Lucilio y su obra “adultera”: «preferirías tú adulterar las palabras patrias con otras / traídas de fuera, al modo de un canusino bilingüe» (p. 195).

En su segundo libro de Sátiras, Horacio comienza por aludir a sí mismo: «Hay a quienes en mi sátira parezco demasiado ácido / y llevarla más allá de su ley. Otra parte piensa que /cuanto compuse carece de nervios e iguales a los míos / mil versos podrían hacer en un solo día» (p. 207). La segunda sátira está dedicada a exaltar la virtud de comer poco y, principalmente, vegetales, a la vez que exalta este tipo de alimentación: «Escucha ahora lo que la dieta fina trae consigo / y su importancia. Lo primero, que estás sano» (p. 229). La locura será el tema de la tercera sátira, haciendo particular uso de los preceptos médicos de la época, entendiendo que sus causas tienen que ver con los males de amor, ira, envidia, ambición, etc.: «Componga la figura y escuche cualquiera que esté demacrado por la mal ambición o el amor al dinero, / arda de fiebre por el lujo o la triste superstición o por / otra enfermedad mental; aquí, a mi lado acercaos / todos a que os explique por orden vuestra insensatez» (p. 245) y  «donde hay / estupidez maligna, hay la mayor locura; quien es criminal / también será loco; y a quien la vítrea fama atrapa, Belona, / ávida de sangre, le sobrevuela atronadora en derredor» (p. 259). La cuarta sátira vuelve a ser una exaltación de las buenas comidas y de la forma de cultivar, que de paso sirve para exaltar el beatus ille del campo y, al igual que en la última sátira (la octava) destaca los grandes banquetes y el aprecio de estos. La quinta sátira es una serie de consejos sobre su vida personal a un amigo, donde le expone la importancia que el ciudadano tiene dentro de la polis con respecto a sus derechos y obligaciones.

En su sexta sátira, Horacio destaca la virtud de conformarse con los que se tiene: «si me contento con lo que tengo, te pido / con esta plegaria: haz engordar mi ganado y todo lo mío / salvo el ingenio; sé mi mayor guardián, como sueles» (p. 299) y «de si los hombres / son felices por las riquezas o por la virtud, o de qué / nos arrastra a la amistad, si el interés o la rectitud, / y cuál es la naturaleza del bien y su forma más excelsa» (p. 309). Advierte al final de esta sátira, un principio que ya guarda relación con el famoso carpe diem de sus Odas: invita a disfrutar de la vida, pues recuerda que, rico o pobre, todos somos mortales «vive feliz entre /cosas placenteras, recuerda la brevedad de tus días» (p. 311). La séptima sátira es sobre un esclavo que habla con libremente a su amo, con claras críticas a l peso de su lugar en la sociedad. Habrá que recordar que Horacio es hijo de un esclavo liberado, lo cual mucha perspectiva en primera persona tendrá en particular esta sátira. La última sátira de este segundo libro está nuevamente dedicada al banquete y la exquisiteces culinarias.

Las Sátiras de Horacio son esa elocuencia que conjuga un estilo innovador, la tendencia dialéctica y quizás, a mi entender, la forma erudita de tratar temas terrenales, mundanos y burlescos. Horacio, epicúreo por excelencia, es capaz de plasmar una filosofía que se arraiga a la forma de vida, y esa forma de vida se arraiga a un estilo lírico de tal manera que crea un estilo singular. Horacio gusta (o disgusta) por una honestidad que además de brillante es congruente. La ironía del uso que se le da a Horacio en la Edad Media, es el tono moralizante, aunque de los temas, poco más.

tiziano

Alejandro Loeza

Las citas corresponden a Horacio, Sátiras. Epístolas. Arte poético, ed. H. Silvestre, Madrid, Cátedra, 2000.

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