La madrina del cielo de Tirso de Molina

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Fausto

Auto sacramental de poco más de un millar de versos, centrada en la figura de la redención y que, como han señalado Arellano, Oteiza y Zugasti en el estudio de esta obra, de sacramental poco: estamos ante un drama que no presenta alegorías y mucho menos un tema eucarístico. Sin embargo, La madrina del cielo tiene una riqueza de diálogos que reditúa a favor de la psicología de los personajes. Este auto sacramenal podría presentar algunos problemas de autoría y está dentro de los “atribuibles” al mercedario madrileño. Por mi parte, considero que es razonable creer en la autoría de Tirso de Molina, ya que algunos versos y motivos (como el conocer a Dios a través de su creación) están presentes en obras como El mayor desengaño o en el Deleitar aprovechando, con frases muy similares a las utilizadas en esta obra. La problemática textual de este auto está magníficamente abordado en el estudio introductorio del grupo del IET y a él me remito para el que sintiera curiosidad o interés crítico por la atribución de esta obra.

En el único acto/escena de este auto sacramental, se presenta al protagonista Dionisio, hombre libertino que vive robando y cometiendo toda suerte de delitos sin temer a la justicia, humana o divina (aunque de la humana, ninguna mención). Le acompaña Doroteo, que será su consejero y quien siempre terminará por aprobar sus malas obras. Dionisio ha quedado deseoso de gozar a una dama que ha visto, Marcela. Doroteo autoriza el amor ilícito y alentado por su amigo, Dionisio se dispone a violar a la doncella.

Dionisio. Quiero tomar tu consejo,
que muy bien me ha parecido,
que el amigo es claro espejo,
y por ver que me ha ofrecido
la ocasión lo que deseo. (vv. 51-55)

Así se dispone a cometer la violación. Sin embargo, Doroteo, ya sólo, enuncia un discurso en el cual se sorprende de la actitud de su amigo, sin temor a Dios e incluso, invocándole:

Doroteo. Entra en el nombre del diablo.
Va a forzar una doncella
y nombre de Dios el nombre
que forma contra él querella:
Sin duda que entiende este hombre
que ha de ayudalle a movella (vv. 60-65)

Hacemos mil insolencias
sin tener a Dios temor
ni escrúpulo en las conciencias (vv. 71-73)

Posteriormente, entran en escena Dionisio y Dorotea, después de haber sido violada esta última. Ella le reclama en matrimonio, y él argumenta que ‘Cualquier cosa hasta gozalla /se tiene en veneración / hasta poder alcanzalla / mas llegada la ocasión /el mejir pago es dejalla’ (vv. 111-115). Se van ambos pícaros y Marcela invoca justicia divina. En escena aparece Cristo y promete un castigo. Salen y entran en escena fray Domingo y Chinarro, este último lego de una orden religiosa, quienes caminan por una carretera. Domingo indaga en la vida pasada de Chinarro, y su historia hace palidecer a las fechorías de Dionisio y Doroteo: fue proxeneta, burlador, ladrón, hereje y asesino de toda clase de gente. Entonces, aparecen nuevamente Dionisio y Doroteo quienes se disponene a asaltarles y les desnudan. Chinarro ofrece resistencia en un primer momento, pero Domingo le recuerda:

Chinarro. Padre ¿aquesto ha de sufrir?

Domingo. Hacello con humildad (vv. 359-60)

Concluido el hurto, los dos malhechores se disponen a dormir, y antes de ello Dionisio introduce la acción que le será vital en su juicio posterior: invoca el temor de Dios, a la vez que admite estar llamado al pecado por la naturaleza humana misma que Adán heredó a los hombres. Mientras Dionisio y Doroteo duermen, aparece el Demonio en escena, quien dice quererles a los dos y ser quien castigue a estos pecadores. Antes de salir de escena, el Demonio les muestra, entre sueños, un tesoro para que roben; al despertar Doroteo y Dionisio, van en búsqueda del tesoro soñado. Salen todos de escena y entra nuevamente Chinarro, quien promete, de forma un tanto graciosa, venganza en contra de los ladrones profanos:

Chinarro. ¿A mí el hábito? ¡Ah, paciencia,
que un tiempo solía temblar
un rayo ante mi presencia!
¡Qué cosa es un hombre estar
sujeto a humilde obediencia! (vv. 520-24)

disciplinantes

 

Los músicos le invocan a que regrese al monasterio y que deje la justicia en manos de lo divino. Entonces se monta en escena lo que tendría que ser un espectacular monte donde una pintura representa la boca del infierno, al filo del cual se encuentran Dionisio y Doroteo, sostenidos apenas por el Demonio, mientras que Domingo, Cristo y María están a lado. El Demonio les hace ver sus diez años de fechorías y crímenes. A favor de Dionisio va a interceder, primero, Domingo:

Domingo. Señor, Dionisio ha pecado
siéndoos rebelde y ingrato,
en los vicios engolfado;
mas teníalo por trato,
siendo a piedad inclinado. (vv. 600-4)

y una mala compañía
hace la virtud esclava (vv. 608-9)

Y escuchando esto, María le ruega a su hijo, Cristo, que le salve de las llamas eternas, con lo cual Cristo resuelve:

Cristo. Pues de mi mucha clemencia
los dos le habéis amparado,
doy por muy justa sentencia
(A Doroteo.) que aqueste sea condenado
(A Dionisio.) y queste a hacer penitencia. (vv. 630-4)

Doroteo también pide clemencia e intercesión de la Virgen ante Cristo, pero esta se la niega pues le recrimina su falta de arrepentimiento y temor a Dios. Chinarro vuelve a escena y Domingo le tranquiliza, haciéndole ver la gracia de Dionisio, quien ha sido perdonado. En escenas posteriores, Dionisio canta su suerte, a la vez que se arrepiente de sus pecados y un Ángel le advierte que no debe mudar la promesa y arrepentimiento que ha hecho a Cristo. Entonces, Marcela entra en escena reclamando:

Marcela. Justicia pido, Dios santo y piadoso,
justicia pido, Dios santo y clemente,
que os hará la razón ser riguroso.
Mas si es, buen Dios, acaso conveniente
que haya de mostrar vuestra clemencia,
su voluntad se cumpla eternamente,
dándome para el caso suficiencia. (vv. 975-81)

Cristo aparece y le muestra a Marcela que está atado de manos (literalmente) a la vez que enseña el martirio de Dionisio, quien, en una escena grotesca, aparece entre sangre y una soga al cuello. Cristo dice a Marcela que, de no ser por su intervención ante Dios, ningún hombre se salvaría de las llamas eternas y le ofrece que sea ella misma quien, con una lanza que sede Domingo, le mate. Marcela no puede y le perdona y Cristo le dice:

Cristo. Perdonaste tu enemigo
y esto por amor de mí;
hallaste en el cielo abrigo,
y el que no lo hiciere ansí
jamás podrá ser mi amigo (vv. 1037-41)

Con el perdón de Cristo el violador reivindicado puede casarse con la mujer violada, Marcela y esto en felices nupcias. El final otorga los últimos versos en voz de la Virgen, quien dirá

Virgen. De domingo la oración,
del Ángel la intercesión,
de los cielos la asistencia,
de Dios la suma clemencia,
y en premio de la oración,
cubiertos de casto velo,
recibiréis gran consuelo
cuando os venga a la memoria. (vv. 1124-31)

Es este auto sacramental, con tema más sacro que eucarístico, una obra dinámica, interesante por los personajes que presenta (en una aglomeración poco usual de pícaros y rufianes en una obra de Tirso de Molina) con ausencia de enredos de amor, y en la ausencia de las mencionadas alegorías tendremos la directa participación de figuras fantásticas como Cristo, el Demonio, Ángel, etc. La obra, lo anticipo, vale la pena por los diálogos y lo interesante de la construcción psicológica y la dimensión que los personajes cobran en esta obra. Naturalmente, no estamos ante la más elaborada de las obras de Tirso, pero a cambio se obtiene una obra dinámica, de fácil lectura y sin las claves barrocas que suelen rellenarlo todo en las otras obras del mercedario. Por ende, La madrina del cielo no sólo es una anticipación de motivos y temas tan importantes en la obra de Tirso de Molina como el don Juan Tenorio, sino que en el manejo de una obra de teatro menor, el mercedario es capaz de mantener un ritmo e ilación onírica que supone entretenimiento y aleccionamiento moral en una misma obra.

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Alejandro Loeza

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