La ninfa del cielo de Tirso de Molina

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La experiencia del teatro auricular estuvo basada no sólo en los diálogos y ricos tópicos barrocos de sus estructuras, sino también en la acción escénica. La ninfa del cielo es un auto sacramental que habría sido representado durante el Corpus de 1619. La atribución a Tirso de Molina de dicha obra tiene cuestionamientos y varios trabajos que remitiré, al igual que con La madrina del cielo, al estudio textual de Arellano-Oteiza-Zugasti. Sin embargo, también en esta ocasión me atrevo a suponer que la obra es del mercedario de Madrid. Los temas y versos tienen analogía con otras piezas teatrales como No le arriendo la ganancia, auto muy posterior (parte del Deleitar aprovechando del 1635) y con un estilo maduro. Si la presente pieza es de Tirso, sus “carencias” (mínimas en mi opinión) perfilan el dicho auto sacramental y acá se ve una pluma dinámica, con claras alusiones al tema eucarístico y que parece tener la premisa horaciana: entretener.

Al igual que los más de los autos sacramentales de Tirso, el presente cuenta con poco más de mil versos en un solo acto. Acá las alegorías sí que estarán presentes, salvo por Cristo que es el único personaje que ocupa y asume su propio lugar. Pese a las dichas alegorías, tampoco supone un profundo vínculo simbólico personajes como el Alma, Pecado, Entendimiento, Memoria, etc. La obra arranca con Pecado, quien tiene por consejero a Malicia y va a cazar al campo, donde busca nuevas presas. Malicia le recrimina buscar en el campo a la presa: la ciudad, le advierte, es el lugar donde habitan la traición, la mentira, la adulación, el robo, la avaricia, etc. Además, aconseja:

Malicia. Pecado, otro intento toma,
que el caballero, el hidalgo,
el rey, el emperador,
el plebeyo, el mercader,
se pueden cazar mejor. (vv. 74-78)

El tópico de beatus ille del campo en contraposición con la ciudad es un tema que también explora Tirso en el dicho auto sacramental No le arriendo la ganancia. La acción se da lugar en este auto, y el Alma entra junto con Entendimiento a escena y se conocen los antes dichos. Pecado le dice a Alma estar perdido y necesitar de su ayuda, a la vez que Alma le expone su deseo de conocer la ciudad y el mundo. Pecado aprovecha la oportunidad y le corteja a la vez que se describe y le ofrece ir al palacio con él:

Pecado. En siete me divido, destos siete
especies diferentes he sacado,
que en nombres varios y confusas penas
del Éufrates exceden las arenas. (vv. 228-31)

No abstinencias, ayunos, disciplinas
en la mortal carrera te prometo,
sino gustos de amor, glorias divinas,
la tersa plata, el oro más perfecto,
rojo coral, preciosas perlas finas
que en sus senos engendra el mar inquieto.
Esto soy, esto valgo, y si me quieres
más que átomos del sol tendrás placeres. (vv. 240-47)

Inmediatamente, la Voluntad se inclina al pecado, Entendimiento le advierte de su calidad y la Memoria le recuerda que hay un Dios. Entendimiento, en todo caso, es el que más insistirá en que Alma no tome por amante a Pecado, pero al final de poco sirve

Alma. Ya no sé
lo que siga. Aquí el amor
me llama a fiestas y gusto,
y aquí de Dios el rigor
me amenaza (vv. 307-11)

¿Qué haré, Voluntad?

Voluntad. Partir
a los deleites del mundo. (vv. 355-56)

Llamada por los placeres carnales y mundanos, Alma va a vivir con Pecado, olvidándose del paraíso y sustituyéndolos por el «deleite del suelo». Entra en escena Cristo quien en diálogos con Memoria y Entendimiento, les hace ver la gracia por la cual redimirá al Alma y la reclamará como su esposa pues, según dice, está del Alma perdidamente enamorado. Van Cristo, Entendimiento y Memoria a la puerta de Alma, de noche, y ahí, Alma se consolida en su discurso de perfecto amasio con el Pecado.

Alma. El amante que escogí
me quiere, me estima y arma;
no tenéis que me cansar.

Memoria. ¡Antes te ofende y te infama!

Voluntad. Alma, déjalos estar,
volvámonos a la cama,
que duerme tu esposo ya. (vv. 593-9)

Posteriormente, Entendimiento le hace ver al Alma que detrás de su apacible forma, el Pecado guarda un cruel monstruo en él. En efecto, Pecado se transforma en un dragón y el desengaño se da en Alma, llorando y lamentándose de su error. Memoria le aconsejará:

Memoria. Busca a tu Esposo.

Alma. ¿Y hallaréle?

Memoria. Cosa es cierta.

Alma. ¿Querrá perdonarme?

Memoria. SÍ.

Alma. ¿Cómo?

Memoria. Haciendo penitencia.

Alma. ¡Si pequé mucho!

Memoria. No importa

Alma. Tengo miedo.

Memoria. No lo tengas.

Alma. ¿Por qué?

Memoria. Porque es muy piadoso. (vv. 700-6)

Cristo. Venid a mí los tristes y afligidos,
oprimidos del peso del Pecado,
que yo, que soy Pastor de mi ganado,
oiré de mis ovejas los gemidos. (vv. 740-3)

De esta manera se da el acto eucarístico de comunión entre el Alma y Cristo: esta llora pidiendo perdón a Cristo y él se la concede. Cristo hará énfasis en el calvario que sufrió por los hombres y su salvación. Entonces, Pecado entra en escena, culpando a Malicia de mal consejero y reclamando (espada en mano) a su “esposa”, Alma. Pecado convoca a su ejército ficticio y comienza una batalla más bien de tipo dialéctico, donde entre muchos elementos de fácil alusión reluce la expulsión de Lucifer del cielo, a manos de Miguel Arcángel, el pecado original, la tentación en el desierto y el martirio de los apóstoles. Todo lo reivindica Cristo en una magnífica construcción dialógica, dinámica y entretenida. Entonces Cristo se arma de una cruz con las cinco llagas  y derrota a Pecado. Al final, Alma celebra su matrimonio con Cristo, siendo ella, el Alma, la ninfa del cielo.

Nuevamente nos topamos con una obra que es aguda, dinámica, visualmente atractiva y con una serie de tópicos fáciles de reconocer que involucran al espectador en los fines morales del auto sacramental. No estamos sino ante la típica trama de caída, arrepentimiento, penitencia y perdón divino del Alma. Pero esta facilidad de “navegar” en esta obra, no debe confundirse con poca profundidad: la forma en la que Tirso escribe esta pieza, evoca tópicos abordados a profundidad por Santo Tomás, presentes en el Génesis y con injerencia filosófica. También parece que esta obra se adscribe a la controversia auxiliis que versa sobre el carácter y función del alma con respecto al libre albedrío.  Si bien el tema de la redención no es novedoso, la pieza de Tirso es única en diálogos y en la esencia teatral, que le da un sentido mucho más agradable y armónico.

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Alejandro Loeza

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