Trilogía de los Pizarros I: Todo es dar en una cosa de Tirso de Molina

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Resultan interesantes los particulares casos de las trilogías dramáticas del Siglo de Oro que tienen vinculación temática, tópica, histórica, etc. Dicho interés, además de lo expresamente arraigado a la mimesis, trasciende al plano diegético de la vida y obra de sus autores. Según ha señalado Miguel Zugasti[1], la trilogía de los Pizarros estaría redactada en la última fase del dramaturgo: entre 1626-1631. Tirso tuvo la oportunidad de viajar a América en 1616, con lo cual la experiencia propia sería motivo, al menos, lingüístico que se verá reflejada en dichas comedias. Desde Trujillo, en 1626, tierra de conquistadores, Tirso emprende la escritura de dicha trilogía. Como se ha apuntado, la redacción también tendría un motivo político, quizás siendo la razón de peso para la redacción de las comedias: las representaciones tendrían el propósito de ensalzar el apellido Pizarro y contradecir las acusaciones de rebeldía y traición emanadas de las acciones de Gonzalo Pizarro en Perú. Al igual que en la edición del IET 2003, tomaré el orden de las tres comedias para reseñarlas, no correspondiéndose con la cronología en la que fueron escritas, sino en la cronología diegética de las propias obras. Por ella, toca el turno a Todo es dar en una cosa, comedia de tres actos que cuenta con algo de más de mil versos.

En el primer acto, en Trujillo, doña Margarita lee la carta de amor que le escribe don Álvaro, y advierte que «el alma acostumbra hablar / por la lengua a lo vulgar / mas por la vista a lo culto» (vv. 50-2); entra en escena  Beatriz, su hermana, quien lee la carta de su galán, Gonzalo Pizarro. En diálogo de prudencia, Margarita le señala lo indiscreto de recibir cartas de dicho personaje, hasta que cada una lee la carta que cada uno le ha mandado a su respectiva dama. Margarita entiende, a través de las palabras de don Gonzalo, que este ha mantenido relaciones carnales con su hermana, aunque ella, Beatriz, argumenta que dicha posesión es más bien, del alma:

Beatriz. Llámanse conformidades
de gustos y voluntades
que amor y el cuello han dispuesto
posesión, por el derecho
que tiene el galán o dama
en la voluntad que ama.

Margarita. No, hermana. ¡Ay cielo! ¿Qué has hecho?

Beatriz. Entregarle las potencias
del alma, que el cuerpo no. (vv. 264-72)

Sale Beatriz, entra don Álvaro, quien encuentra a Margarita releyendo la carta de Gonzalo Pizarro, sospechando de la infidelidad de su dama. Don Álvaro se entera de que el firmante de dicha carta es don Gonzalo y promete vengarse, dando así pie al enredo inicial de la comedia. En otra escena, don Francisco Cabezas, padre de Margarita y Beatriz, recibe a don Gonzalo, quien le cuenta historias militares, que remiten a la materia histórica de Enrique IV y las guerras civiles entres distintas facciones aristócratas que se le oponen para apoyar a su hermano, Alfonso XIII. Pero antes, Gonzalo hace una exaltación, muy peculiar, del tópico de las armas y letras:

Gonzalo. Plumas gastan el sabio y el soldado;
uno en papel, el otro en el sombrero.
No me llamó mi estrella a ser letrado. (vv. 422-4)
Yo, señor don Francisco, que en liciones
seis años y uno y medio en la campaña,
ya seguí las escuelas, ya pendones,
mientras respira sosegando España,
vuelvo a Trujillo, noble patria mía,
por ver si la amistad el ocio engaña (vv. 500-5)

Al salir de casa de don Francisco, don Gonzalo se encuentra con don Álvaro, y se da la confrontación, producto del malentendido de las cartas.

Gonzalo. Jamás sin causa reñí.
Templaos y no alborotemos
vecinos. ¿Sabéis quién soy?

Álvaro. Sé que fuiste licenciado
y en licencioso habéis dado […] (vv. 543-7)

(Riñen)

Álvaro. ¡Muerto soy! ¡Jesús mil veces!

Gonzalo. Ansí, mudable, sepulto
liviandades de tu insulto,
puesto que no lo mereces. (vv. 604-8)

Álvaro queda herido de muerte, don Gonzalo huye y don Francisco sale a ver la escena trágica. En el siguiente bloque, en La Zarza, lugar cercano a Trujillo, los pastores Carrizo y Pulida discuten el futuro oficio de su hijo no nacido. Carazo anuncia la llegada del señor de la villa, don Francisco, con sus dos hijas y un joven malherido. A su llegada don Francisco le cuenta a Men García, hombre que regenta sus posesiones en La Zarza, la tragedia acaecida a las puertas de su casa, lo cual le podría traer problemas con la justicia y por resguardar su honor ante el escándalo.

Francisco. Como me vieron bañado
en sangre y no prevenidas,
ocasionaran las voces
a que en las casas vecinas
me dudasen agresor,
murmurándome homicida
y conjeturando agravios
de honor, ocios y malicias. (vv. 829-36)

Queda solo don Francisco, aparece Beatriz cubierta y le indica recoger a un niño, al que ella misma ha abandonado, en el hueco de una encina. Escena cómica en la cual Carrizo, Crespo y Bertol deshacen los planes para el hijo de Pulida ya que esta en realidad no estaba embarazada sino que tenía una bolamatriz. Hacia el final de este acto, Francisco encuentra al niño, amamantado por una cabra, a quien acoge felizmente y entrega a los pastores:

Francisco. Carrizo, feriaros quiero
un tesoro que es mi hallazgo. (Dale el niño.)
Esta joya os encomiendo
que la traiga en nombre mío
colgada Pulida al pecho,
por ser de coral y plata. (vv. 1176-81)

El acto cierra felizmente pues don Francisco acepta resguardar al niño, sin conocer la deshonra de su hija Beatriz y Álvaro sana y se casa con Margarita.

En el segundo acto han pasado doce años y don Francisco introduce el problema de casar a Beatriz, quien se dedica a educar al niño, Francisquito: «Doce años lloré de olvidos / a eternizarse bastantes» (vv. 1428-9). Concierta matrimonio con don Martín, y don Gonzalo aparece nuevamente para justificar el incidente acaecido doce años antes motivados por los celos, y tras herir a don Álvaro, se alistó en las campañas militares de Italia, pero Beatriz no olvida y le reprocha:

Beatriz. A doce años de delito
no sé yo que sea bastante
la disculpa de un instante
que se opone a lo infinito.
Vos, Gonzalo, al fin sois hombre,
tarde disculpas escucho. (vv. 1501-6)

Pizarro. Agravios y obligaciones
dicen que os debo, y ya veis
cuán mal conformarse pueden
deudas de ofensas y amor. (vv. 1543-6)

Aparece Francisquito, y Beatriz, de forma ambigua, le presenta a don Gonzalo, quienes sospechan de su parentesco filial. En la siguiente escena, Francisco muestra ser necio y hiere a su maestro. En siguiente escena, aparece Hernando Cortés y planea con Gonzalo Pizarro ir a Guadalupe para enlistarse en el ejército patrocinado por los Reyes Católicos. En otra escena los pastores intenta capturar a Francisquito por haber altercado contra el maestro, sin embargo estos no son capaces de combatir al joven. Acá se anuncia la gran fortaleza y el espíritu combativo del joven Pizarro. Los pastores se van, atraídos por el paso de los Reyes Católicos camino a Trujillo. Con la distracción, Beatriz le confiesa a Francisquito ser su madre y que Gonzalo Pizarro es su padre realmente. Dolido y orgulloso, Pizarro promete labrarse así mismo una fama y fortuna, renegando de su padre:

Pizarro. no tengo padres, no admito
ascendientes que me agravien.
En mis obras legitimo
el nuevo ser que restauro,
las hazañas a que aspiro.
Deudor de mí mismo soy,
hijo seré de mí mismo. (vv. 2438-44)

El tercer acto abre con los diálogos de un pagador y un capitán quienes hablan de la guerra con Portugal y su conclusión con la paz de Alcántara (1479). El pagador advierte su odio a Gonzalo Pizarro, y encarga al capitán y a un soldado suyo, Robledo, que lo asesinen. En otra escena, Carrizo y Pulida hospedan a Quirós, soldado que exige más de le pueden ofrecer, con lo cual se da un conflicto que llega a resolver Francisco Pizarro, ahora de 15 años, con el grado de alférez, ganado en la batalla de Zamora de 1476 contra Portugal. En escena aparte, el pagador, el capitán y Robledo se enfrenta a Gonzalo, quien inesperadamente contará con la ayuda de Francisco, su hijo. Ambos, logran vencer a los enemigos. Se comunican su relación filial, pero Gonzalo no le puede reconocer pues ese mismo día ha contraído nupcias matrimoniales. Nuevamente, Francisco advierte que el nada les debe y que su gloria y grandeza se darán en función de sus acciones, con lo cual abandonará España, cruzará los mares y augura la conquista del Perú:

Pizarro. Yo, ingrato padre, a pesar
de vuestro poco cuidado,
tanta agua pienso pasar
que en ella mi honor manchado
pueda mi esfuerzo lavar. (vv. 3339-43)

Y, claramente, se hace referencia al futuro problema con su hermano, en las guerras almagristas:

Pizarro. Yo, si llegare a tener
hermanos, con más valor
que ellos he de pretender
que me veneren señor
llegándome a obedecer. (vv. 3349-53)

Isabel la Católica vuelve a pasar por Trujillo y recluta gente para la guerra de Granada. Ante ella, Robledo acusa a los dos Pizarros de haber cometido el asesinato contra el pagador, sin embargo, estos se defienden, saliendo airosos de la acusación y Francisco promete su pronta salida hacia América.

Pizarro. no volver a las costas
de España mientras no os diere
más oro y plata, más joyas
que cuando dueño del mundo
triunfó de sus partes Roma. (vv. 3666-70)

que donde hay valor y dicha
todo es dar en una cosa. (vv. 3693-4)

Esta comedia, como se ha visto, mantiene la dinámica tirsista en la confección de caracteres, pero presenta la complejidad histórica que el mercedario no pasó por alto. Si bien en las comedias de este dramaturgo los personajes representa un modelo específico (El galán, la doncella, antagonista, gracioso, etc.) esta comedia maneja dualidades: así, por ejemplo, Gonzalo al principio es más bien un burlador-asesino que hacia el final suaviza su papel. Francisco Pizarro pasa de ser un joven díscolo y agresivo a aventurero y conquistador. Beatriz sufre de la mella a su honor, pero es palpable un mayor sufrimiento de que su hijo no conozca a su padre. Este entramado dramático es rico y ofrece versos de gran calidad que ahondan en los motivos psicológicos y sociales de la época, indagando en los motivos que los llevan a sus determinadas acciones. En el seguimiento de esta trilogía, está la construcción heroica y legendaria del personaje de Francisco Pizarro: si en la práctica un bastardo sanguinario con deseos codiciosos, en el matiz dramático un joven producto de la confusión que iría a conquistar el continente americano con tal de labrarse una buena fama y enorgullecer a su patria. Es acá cuando la función política y catártica del teatro áureo muestran todo su esplendor: la posibilidad de, sin faltar a la verdad, convertir con la poesía, un hecho histórico en un elemento de grandeza, pese a los actos engañosos de sus personajes. Una comedia que sin esfuerzo, entretiene y gana al lector/espectador, y ahí la grandeza de la pluma del mercedario madrileño, que con matices puntuales, logra entretener a la vez que adoctrina.

 

Alejandro Loeza


[1] En introducción a la Trilogía de los Pizarros, en Obras completas. Cuarta parte de comedias II, IET, Navarra, 2003.

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