Ladrón de bicicletas de Vittorio Sica y Los olvidados de Luis Buñuel: dos finales al gusto del régimen

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Contaba Emilio Gutiérrez Caba, en el homenaje rendido en las Jornadas de Teatro del Siglo de Oro de Almería en 2010, algunas anécdotas de su trayectoria por el teatro. Llamó mi atención la que refería a la censura franquista: en una representación de la obra Peter Pan de 1963, el censor indicó que todo en la obra le había parecido correcto y que no faltaba a la moral, excepto una escena en la que una de las actrices estaba acostada en la cama, con un cinto rosado-rojo, a la cintura. Extrañados, el censor explicó, según cuenta don Emilio, que aquel cinto invocaba a pensar que aquella chica estaba teniendo su menstruación…

No sorprenda, por ende, que los criterios de los regímenes dictatoriales y/o autoritarios prefieran iluminar con mensajes patéticos de esperanza el cine neorealista de mediados del siglo XX. En la novela La nave de los locos de Pio Baroja, el personaje central narraba como los militares que mantenían a los presos políticos en Argentina, se emocionaban hasta las lágrimas con los terribles y patéticos poemas que componían los mismos militares. Certámenes que, claro está, eran parte de la tortura no-predeterminada de sus carceleros.

Así, dos películas muestran esa mano de los gobiernos autoritarios que marcan la linea en las películas. Curiosamente, fue el neorealismo la víctima más pronunciada de la censura, tanto en España como en México. Así, encontramos que la película italiana Ladrón de bicicletas, dirigida por Vittorio Sica de 1948, narra la desventura de la familia Ricci: Antonio, el padre, encuentra trabajo entre los cientos de obreros que viven en la miseria en la Italia de posguerra. Dicho trabajo consiste en pegar carteles, por lo cual hará uso necesario de una bicicleta, la cual estaba empeñada y recupera, a cambio de empeñar las sábanas. La triste historia del personaje y su familia parece mejorar, hasta que en un descuido, le roban la bicicleta. Antonio, acompañado de su hijo Bruno tendrán que indagar en lo más profundo y miserable de Roma para encontrar al ladrón. Desesperado, Antonio decide robar una bicicleta, en apariencia, sin ser vigilada. De tan mala suerte que al robarla es descubierto y atrapado; su pequeño hijo Bruno, mira toda la escena y va llorando ante la multitud enardecida quienes perdonan al padre de llevar ante la policía. El final cierra con el desconsolado padre caminando de la mano de su hijo, con un sabor amargo y triste. Pero para las dictaduras, cualquier tristeza puede ser alegría, pese a destruir la obra misma. Así, los “brillantes” censores del franquismo decidieron que aquel final no tenía porque ser malo, sino un camino de reivindicación  como podemos escuchar en la voz en off:

En esa misma linea, Luis Buñuel, exiliado de su natal España, hacia 1950 dirige Los olvidados, película que venía a ser parte de su ya exitosa carrera en México. Sin embargo, esta película, seguidora del estilo de Vittorio Sica, también causó malestar a la que Vargas Llosa llamaría cuarenta años después la dictadura perfecta del PRI (Partido Revolucionario Institucional). Este drama-tragedia ocurre en Ciudad de México, en un barrio marginal donde Jaibo será el foco de la acción: el joven acaba de salir de la correccional después de haber cometido varios delitos. Su tiempo en dicho lugar no le ha cambiado, y ahora además de golpear y robar a, por ejemplo, ciegos, también viola a la hermana de su amigo, Pedro. Al final de la película, Jaibo mata a Pedro por haberle denunciado por la muerte de Julian, mientras que la policía mata al propio Jaibo. La película y su crudeza solo es superada por un final que angustia por la desesperación y abandono de los jóvenes de los barrios marginales de la gran urbe. Sin embargo, aquel final, no cumplía con el paradigma institucional y homogéneo del omnipotente PRI. De esta manera Buñuel tuvo que rodar un final alternativo: en él, Pedro mata a Jaibo, con lo cual debe ir a la correccional, y el final, sin mediar mayores explicaciones, muestra a Pedro yendo a la escuela. Para el aparato gubernamental, esta era la reivindicación, única y promocional de los problemas de la pobreza: la educación.

Final original

Final alternativo

Las dictaduras y sus procesos de instauración parecen que son anti-tragedia. En ellas todos los finales son y deben ser, si no felices, al menos esperanzadores. Los finales alternativos de estas obras son una clara muestra de la importancia que las obras artísticas tienen para los fines adoctrinantes de los regímenes autoritarios. Pero no hay duda de que, incluso en lo patético y/o absurdo de las censuras, hay mucha creatividad de por medio.

Alejandro Loeza

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