La insoportable levedad del ser de Milan Kundera

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“Casi flotaba. Se hallaba en el campo mágico de Parménides: disfrutaba de la dulce levedad del ser”

Novela que mezcla la sutil biografía del autor, con los personajes principales, y la filosofía, la historia y la espiritualidad. Pero todo parte de la historia de amor entre Tomás y Teresa. Todo lo demás, los hechos históricos, los personajes secundarios, la voz del narrador, todo ello, es sólo para expresar lo que promete el título: un eterno ir y venir entre lo pesado y lo leve, entre lo alto y lo bajo, entre los místico y lo profanos, entre lo escatológico y lo hermoso, entre el ser y su nihilismo.

De esta novela, rescato ese invaluable “tour” por la compleja historia de la Europa de postguerra. Y digo compleja porque en las mitificaciones actuales, podemos olvidar su verdadero funcionamiento a manera interior, de los individuos que protagonizaron no sólo los eventos políticos, sino la compleja cosmogonía de la misma. Así, Tomás, médico checo, divorciado y con un hijo, comienza una aventura amorosa con Teresa, a la vez que mantiene relaciones esporádicas con otras muchas, entre las que destaca Sabina, pintora que mantendrá relación con Franz. Este “paseo” entre fronteras (ideológicas) de Europa, tiene como propósito mostrar el camino que lleva a Tomás desde su idílica vida como médico en Praga, hasta su final en la pobre zona rural y miserable de la Checoslovaquia comunista, junto a Teresa.

Sabemos que el amor del personaje no es un amor idílico, platónico: si bien parece que Teresa hace gravitar a Tomás sobre sus sentimientos, éste siempre intenta escapar a ese amor. La obra sienta sus bases bajo la premisa del “eterno retorno”, sobre las acciones que conlleva la relación de estos dos personajes y el intento por resolver la pregunta “¿Es mejor estar con Teresa o quedarse solo?” (p. 16) y en esencia “El amor que había entre él y Teresa era bello, pero también fatigoso” (p. 37). La novela va desarrollando las trampas que supone ese amor que nunca sabe hacia dónde le lleva. El final de la novela, es una reivindicación de ese alto y bajo, donde Teresa pide perdón por haber arrastrado a Tomás hasta lo más “bajo”, mientras que Tomás le expresa que en realidad (y casi seguro contra su voluntad) le ha llevado hacia la libertad, hacia la levedad: “Y es un gran alivio sentir que eres libre, que no tienes una misión” (p. 319).

Son muchos los pasajes edificados con excelente racionalidad: así por ejemplo, los capítulos que hablan sobre el hijo de Stanlin (Yákov Iósifovich) en principio, triviales, se convierten en una profunda digresión sobre los verdaderos motivos ontológicos sobre los cuales el ser justifica su existencia. Otras, metaficción de la novela, son dignas de tomar en consideración: Tomás, en su crítica al régimen comunista, explica que Edipo, cuando supo que había matado a su padre y fornicado con su madre, no dudó en arrancarse los ojos y autoexiliarse. En ello, Tomás, ve una congruencia política que no se encuentra en los políticos comunistas: lo convierte en una metáfora del como los gobernantes son incapaces de asumir las responsabilidades de sus actos ante la fortuna, el destino, la casualidad, el devenir de la historia, etc. Dos pasajes más son, a lo menos, un interesante referente político y argumental  del ser. El primero es el que está contenido en el capítulo “La gran marcha” donde Franz, amante de Sabina, se apunta para ir a una manifestación en contra de la guerra de Vietnam, a la frontera con dicho país. La marcha está motivada por una chica de gafas grandes quien le inspira amor y ternura a Franz. El relato es rico en los detalles imperceptibles pero ante todo en la falacia de la manifestación, de la derrota de la misma y de lo teatral, kitsh y ridículo de la misma. Pero la peor derrota se la lleva Franz, quien al volver a Europa queda cuadripléjico, incapaz de hablar, de moverse y de expresarse, quedando sepultado su verdadero amor por aquella chica, confinado a estar con la mujer equivocada ante la que no tuvo el valor de decir que no amaba. Por su parte, Sabina desde el arte, se manifiesta contra su tiempo: “Tenía ganas de decirles que detrás del comunismo, del fascismo, de todas las ocupaciones y las invasiones, se esconde un mal más básico y general; para ella la imagen de ese mal es una manifestación de personas que marchan, levantan los brazos y gritan al unísono las mimas sílabas” (pp. 106-7).

Hacia el final de la novela, se sienta las bases de la bondad en Karenim, la perra-mascota de Tomás y Teresa que enferma de cáncer. El amor y la bondad genuina encuentran metáforas encontradas con la religión, con la pseudo bondad del hombre, y Teresa en sus monólogos, expone la miserable condición humana contrastada con la dulzura del animal moribundo. Todo un canto a la bondad que existe en los animales y la potencial maldad del hombre.

La novela, ya un “clásico” del siglo XX es un retrato histórico por referentes, más que por hechos, llegando en ocasiones a ser una “parahistoria” de las historias oficiales del comunismo, de las ideologías, el arte y la cultura europea del siglo XX. Lo que Tomás vive, lo que Teresa siente, y las reflexiones estéticas, filosóficas, ontológicas, metafísicas, etc. son un interesante paso narrativo por la vida de los personajes, a través de dichas digresiones que crean un todo de la perspectiva, tan genuina, en esta obra de Kundera. Al final, la obra es un “es muss sein” que ratifica “la grandeza del hombre” que carga con su insoportable destino.

[Cito por la edición: Kundera, M., La insoportable levedad del ser, trad. F. Valenzuela, Tusquets Editores, México, 2002]

 

Alejandro Loeza

 

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3 comentarios en “La insoportable levedad del ser de Milan Kundera

  1. Me has hecho recordar una lectura de tiempos pasados. Sí, Kundera es uno de esos últimos escritores (otro es Magris) a los que el adjetivo “europeo” le casaba como un guante. Lo cual no quita que sus temas sean de interés universal y fascinen en diversas latitudes. Gracias por tu texto.

    • Estimado Fernando, en efecto, es una gran novela que en mi pequeña reseña no se hace mérito. Pero es tan genial volver a leerla y maravillarse con esas microhistorias de la macrohistoria que no pude evitar escribir un poco de esta novela. Lo de Kundera con el “ser” europeo, es su propio “es muss sein” bethoniano, creo yo. Un abrazo y un gusto leerte. Saludos.

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