Lolita ante la inquisición digital

Estándar

Censores: Eran los públicos visitadores del pueblo romano; estos examinaban las costumbres públicas y la crianza de los hijos y castigaban a los baldíos. Este oficio, tan necesario, falta en nuestras repúblicas”

Tesoro, S. Covarrubias, 1611.

Aunque sobran intelectuales que defienden que la mala imagen y/o concepto que podamos tener de la Inquisición Española fue producto de una “publicidad tramposa” por parte de los ingleses, franceses y alemanes, lo cierto es que en 1551 esta institución publica, por vez primera, su Index Librorum Prohibitorum et Derogatorum que no es sino ese catálogo de obras que ofendían la alta moral católica, en el papel. Sus numerosas ediciones, rediciones, emendadas, aumentadas y corregidas vieron la luz, al menos en España, hasta ya bien entrado el siglo XIX. Y aunque a España aún le tocaría un largo camino para que la censura fuese una cosa más racional que moral, con los cambios políticos y sociales del siglo XX se comenzaban a establecer nuevos criterios, más flexibles y apegados a la razón.

Index_librorum_prohibitorum

Pero de la conciencia moral, hemos pasado a la conciencia del negocio, de la moral colectiva y de la interpretación de lo políticamente correcto. A inicios de la primera década del siglo XXI Bill Gates ha mencionado, por una parte, que pronto nos olvidaremos del papel y, en 2008, directamente, del libro: “Gates señaló que la generación actual de dispositivos Tablet y pantalla táctil con capacidad de reproducir vídeo y herramientas colaborativas es “muy superior a lo que solía hacerse en la imprenta”[1]. Y no, no es que a los lectores nos moleste la evolución del libro papel al libro digital. Es más, yo destaco muchas de sus virtudes. Algunas tan obvias como el efecto en el medio ambiente, la facilidad, su alcance y ante todo lo práctico y atractivo que puede resultar a la hora de crear nuevos lectores. En realidad, soy de los que celebra este nuevo paso de la evolución del invento de Gutemberg. Porque aun en su simulación digital los libros cuentan con un índice, “pasamos” las páginas, podemos marcarlas, subrayar, resaltar, etc. Y todo con el dedo; y todo con la pragmática de la era digital. Hasta acá, lo dicho por Bill Gates puede ser tomado a bien. La realidad, y los medios que distribuyen la literatura, en cambio, comienzan a ser una nueva inquisición. Pues con la facilidad de distribuir los textos, también se prohíben. Una de las principales (y quizás la mayor) distribuidora de textos digitales es la toda poderosa Amazon. De hecho, esta compañía norteamericana comenzó, en los años noventas en Seatle, vendiendo libros por internet (físicos, claro) y con el tiempo se sumó al cambio digital. Actualmente, su fuerte y punta de lanza, sigue siendo la venta de libros electrónicos y los aparatos que hacen posible su lectura: Kindle. Los Kindle son ebooks que permiten almacenar cientos (¿acaso miles?) de libros en un pequeño y ligero aparato, con una pantalla que no daña la vista, que emula la densidad del papel y que facilita la lectura.

La singularidad, como todo nuevo mercado y distribución histórica de las ideas, es que ahora Amazon y otras grandes del comercio de libros electrónicos (Barnes & Noble o WH Smith  en Inglaterra) han decidido crear políticas restrictivas sobre sus contenidos. Norma que por supuesto tiene una lógica muy razonable: no se puede distribuir textos con clara alusión a temas no aptos para menores entre menores. Sin embargo ¿qué hay del público adulto? Obras que ahora se distribuyen por estos medios y que han quitado al editor como intermediario, vieron la posibilidad de hacer circular sus obras con mayor facilidad. Algunas de las obras (novelas sobre todo) han sido tachadas por estos medios como “obscenas y pornográficas”: han decidido prohibir muchos de esos títulos, acusados de estimular el incesto, la pedofilia, la violencia sexual o el bestialismo. Algunas cadenas tardaron en reaccionar ante el clamor de las organizaciones que persiguen la pornografía. Pero finalmente Amazon, Barnes & Noble, Waterstones…, todas han puesto en marcha mecanismos para llevar a efecto una policía general contra la pornografía.[2] Adjetivos, como recordamos, con los que ya se han calificado a otras obras literarias que hoy en día son consideradas arte y piezas de la literatura universal: Madame Bovary, Las flores del mal, Lolita, etc. Nuevamente, nos encontramos ante una moral (esta vez ni católica, ni hispana) que es un tanto más irónica: la anglosajona. Ahí donde los videos de alto contenido sexual son puestos a cualquier hora del día en la televisión, pero, como siempre, el libro, las letras, entrama una complicidad, un peligro mucho más grande: el de las ideas. Libreros como Waterstones ya han advertido que, en su larga trayectoria, nunca han vendido libros con contenido de este tipo, y no lo harán ahora. Lo cierto es, que en su página de internet encontramos títulos como Lolita de Nabokov. Y como nos recuerda Juan Cruz, en su editorial, esta novela, en su día, fue considerada una obra pornográfica: Ahora —y entonces— Lolita es una obra de arte, pero en aquel momento, cuando el editor Lord Weidenfeld la quiso publicar en Inglaterra, las voces más conservadoras lucharon para impedir que circulara la historia de aquella muchacha que tenía amores con un hombre que simulaba ser su padre. Era, decían, pornografía. Weidenfeld, un hombre conservador conectado con lo más importante de la sociedad mundial, desde De Gaulle a Juan Pablo II, se tomó muchísimo trabajo para arrancar ese libro mítico de las garras de los censores. Lord Weidenfeld me explicó en Londres su estrategia para conseguir que aquella maravilla literaria llegara sin más contratiempos al gran público. Él se arriesgaba, publicando Lolita en Inglaterra, a ir a la cárcel, porque a la novela ya se la había calificado de pornografía peligrosa; ya había aparecido en París, “como un sofisticado libro erótico”. Había sido considerado para publicación en EE UU, “pero nadie se atrevía a hacerlo”[3]. Esta, grosso modo, es la historia de la literatura: la de la gente que bajo una moral prohíbe libros que le disgustan, y ya de paso se las prohíbe a quienes disfrutan de dicha lectura. Porque, como dice el cineasta y escritor José Luis Cuerda “El que tenga reparos morales para leer un libro lo mejor que puede hacer es no leerlo. Ni siquiera para prohibirlo. A la libertad de publicación puede oponerse siempre la libertad de no verlo”. Con los nuevos medios de distribución digital, Amazon a la cabeza, encontramos una serie de factores, reglas, normas y cuestiones mercantiles que están “cambiando” y no, la forma de leer. La censura toma nueva forma, pero siempre siendo censura, sin dejar de amenazar y señalar lo que está bien o mal, lo que se puede o no leer, bajo parámetros al menos, cuestionables, porque la historia de los libros prohibidos, así lo demuestra.

Por otra parte, los medios para erradicar lo dicho por Gates (el papel) tiene un singular movimiento (inteligente y mercantil si se piensa) en el cual Amazon ha lanzado la siguiente oferta: por cada libro de papel comprado en sus tiendas, ofrecerá de forma gratuita la edición digital. Creo que es una forma de tratar de convencer a los de la old school de dar el último salto, de sumarse a la lectura digital. Así, poco a poco el libro en papel va perdiendo fuerza y los libreros tienen la difícil tarea de competir con un gigante digital que está en donde haya acceso a internet. Así el medio cierra el círculo, pues no sólo controla la distribución sino el canal por el cual hace llegar el contenido. Si la cencura digital no lo permite, no tendremos acceso a las nuevas obras que considere “pornográficas”: Nabokov, hoy en día, no habría sido distribuido por Amazon. Si bien es correcto (repito, nuevamente) hacer normas y reglas pensadas para evitar lecturas no “adecuadas” para menores, no debe superar por mucho esos límites, pues quizás entre las obras que Amazon ha borrado, censurado y retirado, haya un Baudelaire en potencia, o una Lolita no comprendida correctamente. ¿De quién son esos criterios? si como indica la nota de Amazon[4], ha retirado las obras que contenían incesto, tendrían que haber empezado por Edipo Rey de Sófocles. Bajo estos parámetro de evitar el incesto y las escenas “pornográficas” ya hemos visto, tendríamos que excluir la novela de Nabokov y la tragedia de Sófocles…pero no el Meim Kampf de Adolf Hitler. Criterios que, en mi opinión son, al menos, “curiosos”. amazon Por último, debo confesar que algún libro digital he leído y, aunque me parece agradable, dependo del libro en papel: ese pesado, texturizado y denso contenedor de ideas. Con este nuevo medio de distribución de obras estaremos regidos a la práctica moral y mercantil de un grupo de personas, de quienes desconocemos sus criterios, pero que no permitirán llegar aquello que no consideren oportuno, que pueda escandalizar, o causar euforia. Quizás, algún día, lectores y editores, nos arrepintamos de no haber apoyado más al librero. En consecuencia contaremos con un medio con criterios homogéneos de distribución que censure, modere y prohíba lo que considera prudente. Tal vez entonces, extrañaremos el olor de los libros, el tacto de los lomos, y la densidad de las palabras impresas en una hoja de papel. Quizás lamentemos no habernos cuestionado quienes son esos censores que “resguardan” nuestra salud moral y de buenas costumbres.

Alejandro Loeza

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