Entre el Quijote y la novela rosa: Memoria de mis putas tristes de García Márquez

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Esa institución literaria que se encuentra bajo el nombre García Márquez, ya ha demostrado, con comentarios tan incendiarios como los de 1997 ante la Real Academia Española, que se puede ir hacia cualquier lado sin dejar de ser eso, un prestigio viviente de la literatura latinoamericana, principalmente.

Su novela más famosa, Cien años de soledad (1967), le permitió crear una macroestructura discursiva que recoge el mito de Latinoamérica y su historia a través de la metáfora que utiliza otros nombres y la pisca del realismo mágico. De manera más contemporánea(2004) escribe Memoria de mis putas tristes. Esta obra sobre un anciano de noventa años que sin buscar el amor, lo encuentra en la ternura de una joven virgen. El encargo se lo pide a Rosa Cabarcas, conocida “Celestina” de la ciudad a la que nuestro sabio triste decide acudir. El personaje principal sin nombre, “feo, tímido y anacrónico” (p. 10) y periodista ha encontrado en los placeres de las prostitutas una suerte de casi amor, pero nunca, a sus noventa años, lo ha experimentado. Cuidando mucho de su reputación, acude a la dicha Rosa Cabarcas, en búsqueda de lo que ella le dirá, son imposibles. Aun así, logra concertar el encuentro con Delgadina (como el sabio triste la bautiza).

El longevo periodista clama para sí una “ética propia. Nunca participé en parrandas de grupo ni en contubernios públicos ni compartí secretos ni conté una aventura del cuerpo o del alma, pues desde joven me di cuenta de que ninguna es impune” (p. 17). Pero el acto sexual nunca es llevado a cabo, las noches pasan y el anciano es incapaz de “mancillarla” y sencillamente, se dedica a adornar, regalar cosas y escuchar música con la ínclita virgen. Entonces, el viejo se enamora de Delgadina. Y en este punto, la novela de García Márquez comienza a parecer más una novela rosa, pues, aunque se cuentan sus aventuras pasadas con las prostitutas, la de Delgadina es, casi, platónica: “Me sentía tan feliz, que la besaba en los párpados, muy suave, y una noche ocurrió como una luz en el cielo: sonrió por primera vez” (p. 76). Parece que el propósito del anciano es amar y/o no “morir sin probar la maravilla de tirar con amor” (p. 96). También hay lugares comunes como “He soñado durante años con este momento” (p. 102). Al final de la novela, ese tono casi casi rosa no se esconde: “Me volví de lágrima fácil. Cualquier sentimiento que tuviera algo que ver con la ternura me causaba un nudo en la garganta” (p. 103).

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El sabio triste se reúne con ella tantas noches como el dinero y el cuerpo se lo permiten, hasta que en la casa de citas ocurre un asesinato y deben cerrar el lugar. Cuando por fin el anciano puede regresar a Delgadina, se da cuenta de que ella ya no es virgen y que a sus quince años ha pagado el silencio y complicidad de las autoridades con su propio cuerpo. El anciano enloquece y se amarga, pero al final se lo perdona y consuma la relación sexual con ella. Había pasado un año desde el inicio de sus aventuras hasta que, a sus noventa y un años comienza a “gozar los colores de una aurora feliz” (p. 109). Así en esta novela de García Márquez, lejos de la tragedia, encontramos un anciano que tuvo que esperar noventa años para encontrar el amor, y cuando lo ha encontrado, puede vivirlo con relativa plenitud: “Era por fin la vida real, con mi corazón a salvo, y condenado a morir de buen amor en la agonía feliz de cualquier día después de mis cien años” (p. 109). No sé si eso de disfrutar del amor carnal y sentimental a los noventa años con una mujer de quince es el realismo mágico que ha caracterizado al grueso de la obra del autor colombiano. O si sencillamente es cursilería romántica.

Así, no estamos ante la obra más compleja del colombiano, pero si de una obra que mantiene cierta continuidad. Creo que Gabo, sin querer, roza en ocasiones la novela rosa y el personaje se puede perder en sus sentimientos hacia la frágil Delgadina. Del resto, mucho de los personajes secundarios y las circunstancias son reminiscencias de Cien años de soledad. Este sabio triste parece más un Quijote contemporáneo que, al igual que el manchego, encuentra el amor platónico y fantasioso en una doncella. La imaginación y deseo de ambos ancianos puebla el amor al que van dando forma con sus deseos juveniles en edades seniles. Ergo, me atrevo a afirmar que algo del de la triste figura hay en éste sabio triste.

Otro tema será la controversia (e ilícito si se quiere) de lo escandaloso que puede ser el tema de la prostitución en países bananeros pues nunca está explícita ni la crítica ni la desaprobación a la impunidad de la prostitución de menores de edad.

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De esta manera, estamos ante una novela del premio nobel colombiano, que más haya de unas frases bien logradas, poco más añade al que fue el complejo mundo de Macondo y sus Cien años de soledad, obra en la que esta Memoria de mis putas tristes  hubiese sido una subtrama que hubiese ocupado, con toda su belleza, uno o dos capítulos de aquella excelente obra.

Alejandro Loeza

Cito por la edición: García Márquez, G., Memoria de mis putas tristes, Barcelona, Mondadori, 2004.

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