Santo y sastre de Tirso de Molina

Estándar

200px-Omobono_lianori

Pocas comedias son tan entretenidas, jocosas, dinámicas y alegres como Santo y sastre, lo cual, no es poco decir cuando se compara dicha comedia con el largo repertorio de dramas del mercedario fray Gabriel Téllez. Quizás, mayor es el asombro de la versatilidad de la pluma de Tirso en esta comedia, por ser una obra que tiene por personaje principal al santo Homobono. Pero el contraste, los opuestos, ya vienen desde el mismo título: como se verá más adelante, ser santo y sastre, eran términos antagónicos. Impresa en 1635 junto con las otras once comedias de la Cuarta parte de Tirso, se cree que la comedia fue escrita después de 1620, siendo refundida, según explica Jaime Garau en su edición, de una comedia representada entre 1614 y 1615. El dicho editor, Garau, acusa de la “pobre” crítica con la que cuenta esta comedia, siendo, incluso, considerada de teatro menor. Algo que no se puede compartir ante tan ingeniosa pieza.

El primer acto abre con el dilema amoroso de la bella Dorotea: hermosa dama que ha heredado la fortuna de sus padres, siendo así que es muy codiciada por varios galanes aunque dos son los principales contrincantes: Lelio y Grimaldo. Su deseo, es buscar alguien que administre su hacienda:

Dorotea. Hija soy de un mercader,
sin padres y con hacienda;
que para que la defienda
de engaños, he menester
marido que la acreciente
y ponga en orden mi casa.
La prudencia es quien me casa,
no el amor, que accidente
que raras veces acierta. (vv. 97-105)

Cabe destacar que el editor en su estudio introductorio, explica las diferencias entre la hagiografía contenida en el Flos sanctorum, donde destacó la diferencia entre la Dorotea de Homobono y la esposa del mismo santo en la fuente consultada: aquí benigna y prevenida, ahí cruel e incomprensiva. Así, entre los dos galanes, parece que Dorotea debe decidir, pero el gracioso Pendón quien, además, satiriza, dice cuales son las pegas de dichos pretendientes:

Pendón. Lelio es todo voluntad
pero deudas le fatigan;
Grimaldo es un licenciado
tan cercano de la toga
que imagina ser, si aboga,
de las bolsas abogado. (vv. 147-52)

En los galanes, se plasma dos caracteres y lugares comunes de la época: Lelio es caballero, es decir, noble, pero como tal, es pobre y muy probablemente ambicione nupcias con Dorotea por su hacienda: Grimaldo, si bien parece mejor oponente, se hace mano de la mala fama que estos tenían, de ladrones. Pero Dorotea, ante estas opciones y disertando con Pendón, dice “Yo no pretendo a mi amante / rico, mas sabio y con seso” (vv. 245-6). Con lo cual, concluye “No quiero / sino a Grimaldo que, en fin, / nunca fue pobre el letrado” (vv. 324-6) y Pendón satiriza “De un pelón a un licenciado, vas de rocín a ruin” (vv. 327-8) es decir, de un pobre a un ladrón. Sin embargo, una Voz le anuncia que tendrá por marido un sastre que además, será santo. Nuevamente, Pendón se encarga de satirizar la fama (bastante mala) de este oficio en la época:

Pendón. ¿Sastre y santo?
¿Blanco y negro? ¿Fuego y frío?
Los sastres sirven de lastre:
hacia las bombas obscuras,
cargado de sisaduras,
mal podrá volar un sastre. (vv. 363-8)

Entonces aparece Homobono tocando a la puerta de Dorotea, quien se presenta como sastre que ha sido convocado para cortar un vestido. Dorotea le desengaña pero queda enamorada del joven Homobono y le deja tomar las medidas.

Dorotea. (Aparte.) Pensamientos, detened
las riendas a mi juicio.
¡Válgame Dios! Por la calle
un sastre me pronostica
por marido quien publica
que por esposo he de amalle,
y apenas malicias temo
cuando, sin llamarle yo
por mis puertas se me entró
un sastre. (vv. 395- 406)

Dorotea y  Pendón no salen del asombro, la primera por la gallardía, y el segundo por la mala fama de la que gozan estos en la época. Sin embargo, Homobono da muestras de su discreción, cuando habla de cómo la codicia y el deseo han perdido al mundo.  Así, Dorotea se apura a declararle su amor y el deseo de ser su esposa, a lo que Hombono se espanta y sale huyendo de los deseos de Dorotea.

Dorotea. ¡Vágame Dios, tropecé
por teneros en mis brazos!

Hombono. Suelte, ¡Jesús! ¿Está en sí?

Dorotea. En mí no, que en vos estoy;
el alma os di, agora os doy
los brazos, doleos de mí.
No penséis que os solicito
para el amor reprobado;
para el tálamo sagrado
os llamo, en él os admito. (vv. 651-60)

Cortad para nuestra boda
galas; sed esposo y sastre (vv. 673-4)

Homobono. adiós, que en la mano os deja,
tentación, Joseph la capa.

(Vase y déjale la capa)

Dorotea. ¿Qué es esto? ¿Tal menosprecio
sufre una mujer honrada? (vv. 683-6)

Dorotea grita el dolor del desprecio que Homobono le acaba de hacer, lo cual provoca que salga don Roberto, padre de Hombono quien se encuentra cerca de la escena. Una vez con Dorotea este le dice “Señora, saber quisiera / qué suceso o qué desgracia / a un hijo que me dio el cielo / huyendo y turbado saca / de aquí, donde entró a serviros” (vv. 733-37).  Y Dorotea, despechada, acusa a Homboono de intentar abusar de ella. Don Roberto, desea resolver la deshonra y decide matar a su propio hijo, pero Dorotea, viendo el efecto contrario al deseado, le pide que dé a su hijo en matrimonio: “No le matéis, que le adoro” (v. 787). Así queda acordada la nupcia entre Homobono y Dorotea. Entonces aparecen Grimaldo y Lelio, quienes aún creen ser competidores por el amor de la bella Dorotea. El primer acto concluye con la noticia de las nupcias y ambos galanes quedan al pendiente de ella.

20080523elpepucul_15

 

El segundo acto abre con los diálogos entre Hombono, quien acusa a su padre de forzarle al matrimonio, pero acepta la “jurisdición” que como padre tiene sobre él y que debe obedecer. Aun así, Homobono implora: “Yo he sido / desdichado en no tener / padre que no violentara / mi inclinación: ¿qué he de hacer? / Mi Dios, serviros gustara / sin estorbos de mujer” (vv. 953-58). En Homobono será una constante en todo este segundo acto la invocación de Dios, para  que lleve a cabo su forma de servirle, que es ser santo:

Homobono. Mi Dios, para que resista
tal violencia, dadme fuerza,
antes de que mi padre tierza
mi libertad y la doble[…] (vv. 1008-11)

Yo estoy contento, mi Dios,
con mi quieta soledad;
aquí de Dios libertad […] (vv. 1014-16)

A lo largo de este acto, Hombono siente el peso y sufrimiento de estar casado. En este segundo acto, Grimaldo y Lelio discuten a quien pertenece el amor de Dorotea, en los siguientes términos:

Grimaldo. Yo he venido
seguro de que en mí emplea
su gusto y que te aborrece.
Lelio. La soberbia es presumida,
pero en ti desvanecida. (vv. 1518-22)

Pero Pendón se encarga de informarles que, un sastre, “acaba agora / de llevarse el gallinero” (vv. 1548-9). A lo que ambos galanes quedan tan espantados como “asqueados” de la condición social de quien ha elegido:

Lelio. ¿Con un sastre, y mi nobleza
desprecia?

Grimaldo. ¡Ah mujer…! (vv. 1580-1)

Lelio. Si esto es verdad, ¡vive Dios,
que he de ejecutar castigos!

Grimaldo. Sido habemos enemigos:conformémonos los dospara trazar la venganza. (vv.1616-20)

Así los galanes antes enfrentados por pretender a la misma dama, ahora se unen para vengar la afrenta de que un sastre les haya ganado a la noble dama. En el mismo acto, Homobono se encuentra con un Pobre, el cual lo ha perdido todo y Homobono le da sus ropas de boda, llegando desnudo a sus nupcias: “Tomad, vestíos, que allá dentro, / en mis fiestas ocupados, / no me verán socorreros” (vv. 1697-9).

El tercer acto abre con las quejas y recriminaciones de Dorotea a Hombono, ya que este se ha gastado toda la hacienda de ella y la de él en la caridad, dándolo a los pobres: “¿No es conciencia / que a tu mujer empobrezacas / porque a torpes pordioseros / cada instante favorezcas?” (vv. 1907 – 10). Pero el santo se escuda aduciendo a que, no hay pobreza donde hay oficio, por muy humilde que este sea. Dorotea continúa con nuevas recriminaciones, como la de porque entretiene el tiempo con los pobres y enfermos, donde se le van las horas llorando. Harta, le advierte que descuida de su casa y que debe tener cuidado de ello. Homobono le dice que no teme a celos, pues Dios le ha de cuidar el hogar. Entonces, se da el primer milagro de Homobono: una cesta con panes que había sido entregada a los pobres y estaba vacía, es restituida por Homobono. Ante la sorpresa de Pendón y Dorotea, este les advierte que “La fe nunca supo errar / Dorotea; sin sembrar/ jamás la cosecha hallaste. / Dar al pobre es dar al rico, / porque paga Dios por él” (vv. 2228-32). El segundo milagro se da en similares condiciones: ante la ausencia de vino y cecina, Homobono las restituye, milagrosamente. Posteriormente, Homobono se encuentra con Cristo, quien le anuncia su eminente santidad. En escenario aparte, Lelio y Grimaldo intentan perpetrar venganza contra Homobono, aunque Grimaldo se hace eco de la fama de santo de Homobono y cuando ve las intenciones de Grimaldo de faltar al honor de Dorotea, se espanta y renuncia a la venganza: “Competid con valientes, no con santos” (v. 2473). Lelio no hace caso y se hace eco de que, en todo caso, se arrepentirá antes de morir e invocará el perdón de Dios. Sin embargo, Lelio enmudece al presenciar una aparición celestial que le impide perpetrar el hogar de Homobono, quien sale a su encuentro y le auxila. Ante todo esto, dos ángeles aparecen y refuerzan el vínculo milagroso y de santo de Homobono. El final del acto y de la obra es cuando Homobono asciende a los cielos, mientras la voz de Lelio regresa y advierte en los versos finales:

Lelio. Esta historia nos enseñaque para Dios todo es fácil,y que en el mundo es posible ser un hombre santo y sastre. (vv. 2880-3)

De esta manera da fin la comedia, la cual mezcla de manera jocosa el tema del santo que a su vez no está llamado a lo extraordinario, por su condición inicial de sastre. Tirso, en esta comedia como en las otras, evita el final trógico o el drama de honor, pero es destacable el cuadro social que nos presenta el mercedario. Por una parte, la problemática que supone para Dorotea la administración de su hacienda, siendo soltera, mujer y huerfana. Dorotea, en esta comedia, es menos cruel de lo que los Flos sactorums indican, nunca estando realmente convencida de ceder su hacienda y enamorándose del santo, como parte de un destino predeterminado. Por su parte, los caracteres de Lelio y Grimaldo, caballero pobre y abogado ladrón, ejemplifican y matizan la jerarquía social. Finalmente, con el propio Homobono se puede observar el lugar que le corresponde, que es por debajo del estamento nobiliario, pero sólo la condicion de santo le hace reinvindicarse a sí mismo. No me parece (o no encuentro elementos suficientes) que reinvindiquen el papel de los sastres y/o la prole ante la aristocracia. Para Tirso, solo la santidad supera la nobleza y nada más. Aunque él, como fraile de familia pobre, algo sabría del tema.

 

[Cito por la edición: Tirso de Molina, Obras completas. Cuarta parte de comedias II, ed. I. Arellano, IET, Navarra, 2003]

Alejandro Loeza

Magnates  de Polonia siglo 18[12]

Anuncios

Entre el Quijote y la novela rosa: Memoria de mis putas tristes de García Márquez

Estándar

gabriel-garcc3ada-mc3a1rquez-memoria-de-mis-putas-tristes

Esa institución literaria que se encuentra bajo el nombre García Márquez, ya ha demostrado, con comentarios tan incendiarios como los de 1997 ante la Real Academia Española, que se puede ir hacia cualquier lado sin dejar de ser eso, un prestigio viviente de la literatura latinoamericana, principalmente.

Su novela más famosa, Cien años de soledad (1967), le permitió crear una macroestructura discursiva que recoge el mito de Latinoamérica y su historia a través de la metáfora que utiliza otros nombres y la pisca del realismo mágico. De manera más contemporánea(2004) escribe Memoria de mis putas tristes. Esta obra sobre un anciano de noventa años que sin buscar el amor, lo encuentra en la ternura de una joven virgen. El encargo se lo pide a Rosa Cabarcas, conocida “Celestina” de la ciudad a la que nuestro sabio triste decide acudir. El personaje principal sin nombre, “feo, tímido y anacrónico” (p. 10) y periodista ha encontrado en los placeres de las prostitutas una suerte de casi amor, pero nunca, a sus noventa años, lo ha experimentado. Cuidando mucho de su reputación, acude a la dicha Rosa Cabarcas, en búsqueda de lo que ella le dirá, son imposibles. Aun así, logra concertar el encuentro con Delgadina (como el sabio triste la bautiza).

El longevo periodista clama para sí una “ética propia. Nunca participé en parrandas de grupo ni en contubernios públicos ni compartí secretos ni conté una aventura del cuerpo o del alma, pues desde joven me di cuenta de que ninguna es impune” (p. 17). Pero el acto sexual nunca es llevado a cabo, las noches pasan y el anciano es incapaz de “mancillarla” y sencillamente, se dedica a adornar, regalar cosas y escuchar música con la ínclita virgen. Entonces, el viejo se enamora de Delgadina. Y en este punto, la novela de García Márquez comienza a parecer más una novela rosa, pues, aunque se cuentan sus aventuras pasadas con las prostitutas, la de Delgadina es, casi, platónica: “Me sentía tan feliz, que la besaba en los párpados, muy suave, y una noche ocurrió como una luz en el cielo: sonrió por primera vez” (p. 76). Parece que el propósito del anciano es amar y/o no “morir sin probar la maravilla de tirar con amor” (p. 96). También hay lugares comunes como “He soñado durante años con este momento” (p. 102). Al final de la novela, ese tono casi casi rosa no se esconde: “Me volví de lágrima fácil. Cualquier sentimiento que tuviera algo que ver con la ternura me causaba un nudo en la garganta” (p. 103).

images

El sabio triste se reúne con ella tantas noches como el dinero y el cuerpo se lo permiten, hasta que en la casa de citas ocurre un asesinato y deben cerrar el lugar. Cuando por fin el anciano puede regresar a Delgadina, se da cuenta de que ella ya no es virgen y que a sus quince años ha pagado el silencio y complicidad de las autoridades con su propio cuerpo. El anciano enloquece y se amarga, pero al final se lo perdona y consuma la relación sexual con ella. Había pasado un año desde el inicio de sus aventuras hasta que, a sus noventa y un años comienza a “gozar los colores de una aurora feliz” (p. 109). Así en esta novela de García Márquez, lejos de la tragedia, encontramos un anciano que tuvo que esperar noventa años para encontrar el amor, y cuando lo ha encontrado, puede vivirlo con relativa plenitud: “Era por fin la vida real, con mi corazón a salvo, y condenado a morir de buen amor en la agonía feliz de cualquier día después de mis cien años” (p. 109). No sé si eso de disfrutar del amor carnal y sentimental a los noventa años con una mujer de quince es el realismo mágico que ha caracterizado al grueso de la obra del autor colombiano. O si sencillamente es cursilería romántica.

Así, no estamos ante la obra más compleja del colombiano, pero si de una obra que mantiene cierta continuidad. Creo que Gabo, sin querer, roza en ocasiones la novela rosa y el personaje se puede perder en sus sentimientos hacia la frágil Delgadina. Del resto, mucho de los personajes secundarios y las circunstancias son reminiscencias de Cien años de soledad. Este sabio triste parece más un Quijote contemporáneo que, al igual que el manchego, encuentra el amor platónico y fantasioso en una doncella. La imaginación y deseo de ambos ancianos puebla el amor al que van dando forma con sus deseos juveniles en edades seniles. Ergo, me atrevo a afirmar que algo del de la triste figura hay en éste sabio triste.

Otro tema será la controversia (e ilícito si se quiere) de lo escandaloso que puede ser el tema de la prostitución en países bananeros pues nunca está explícita ni la crítica ni la desaprobación a la impunidad de la prostitución de menores de edad.

paola_medina

 

De esta manera, estamos ante una novela del premio nobel colombiano, que más haya de unas frases bien logradas, poco más añade al que fue el complejo mundo de Macondo y sus Cien años de soledad, obra en la que esta Memoria de mis putas tristes  hubiese sido una subtrama que hubiese ocupado, con toda su belleza, uno o dos capítulos de aquella excelente obra.

Alejandro Loeza

Cito por la edición: García Márquez, G., Memoria de mis putas tristes, Barcelona, Mondadori, 2004.

La insoportable levedad del ser de Milan Kundera

Estándar

“Casi flotaba. Se hallaba en el campo mágico de Parménides: disfrutaba de la dulce levedad del ser”

Novela que mezcla la sutil biografía del autor, con los personajes principales, y la filosofía, la historia y la espiritualidad. Pero todo parte de la historia de amor entre Tomás y Teresa. Todo lo demás, los hechos históricos, los personajes secundarios, la voz del narrador, todo ello, es sólo para expresar lo que promete el título: un eterno ir y venir entre lo pesado y lo leve, entre lo alto y lo bajo, entre los místico y lo profanos, entre lo escatológico y lo hermoso, entre el ser y su nihilismo.

De esta novela, rescato ese invaluable “tour” por la compleja historia de la Europa de postguerra. Y digo compleja porque en las mitificaciones actuales, podemos olvidar su verdadero funcionamiento a manera interior, de los individuos que protagonizaron no sólo los eventos políticos, sino la compleja cosmogonía de la misma. Así, Tomás, médico checo, divorciado y con un hijo, comienza una aventura amorosa con Teresa, a la vez que mantiene relaciones esporádicas con otras muchas, entre las que destaca Sabina, pintora que mantendrá relación con Franz. Este “paseo” entre fronteras (ideológicas) de Europa, tiene como propósito mostrar el camino que lleva a Tomás desde su idílica vida como médico en Praga, hasta su final en la pobre zona rural y miserable de la Checoslovaquia comunista, junto a Teresa.

Sabemos que el amor del personaje no es un amor idílico, platónico: si bien parece que Teresa hace gravitar a Tomás sobre sus sentimientos, éste siempre intenta escapar a ese amor. La obra sienta sus bases bajo la premisa del “eterno retorno”, sobre las acciones que conlleva la relación de estos dos personajes y el intento por resolver la pregunta “¿Es mejor estar con Teresa o quedarse solo?” (p. 16) y en esencia “El amor que había entre él y Teresa era bello, pero también fatigoso” (p. 37). La novela va desarrollando las trampas que supone ese amor que nunca sabe hacia dónde le lleva. El final de la novela, es una reivindicación de ese alto y bajo, donde Teresa pide perdón por haber arrastrado a Tomás hasta lo más “bajo”, mientras que Tomás le expresa que en realidad (y casi seguro contra su voluntad) le ha llevado hacia la libertad, hacia la levedad: “Y es un gran alivio sentir que eres libre, que no tienes una misión” (p. 319).

Son muchos los pasajes edificados con excelente racionalidad: así por ejemplo, los capítulos que hablan sobre el hijo de Stanlin (Yákov Iósifovich) en principio, triviales, se convierten en una profunda digresión sobre los verdaderos motivos ontológicos sobre los cuales el ser justifica su existencia. Otras, metaficción de la novela, son dignas de tomar en consideración: Tomás, en su crítica al régimen comunista, explica que Edipo, cuando supo que había matado a su padre y fornicado con su madre, no dudó en arrancarse los ojos y autoexiliarse. En ello, Tomás, ve una congruencia política que no se encuentra en los políticos comunistas: lo convierte en una metáfora del como los gobernantes son incapaces de asumir las responsabilidades de sus actos ante la fortuna, el destino, la casualidad, el devenir de la historia, etc. Dos pasajes más son, a lo menos, un interesante referente político y argumental  del ser. El primero es el que está contenido en el capítulo “La gran marcha” donde Franz, amante de Sabina, se apunta para ir a una manifestación en contra de la guerra de Vietnam, a la frontera con dicho país. La marcha está motivada por una chica de gafas grandes quien le inspira amor y ternura a Franz. El relato es rico en los detalles imperceptibles pero ante todo en la falacia de la manifestación, de la derrota de la misma y de lo teatral, kitsh y ridículo de la misma. Pero la peor derrota se la lleva Franz, quien al volver a Europa queda cuadripléjico, incapaz de hablar, de moverse y de expresarse, quedando sepultado su verdadero amor por aquella chica, confinado a estar con la mujer equivocada ante la que no tuvo el valor de decir que no amaba. Por su parte, Sabina desde el arte, se manifiesta contra su tiempo: “Tenía ganas de decirles que detrás del comunismo, del fascismo, de todas las ocupaciones y las invasiones, se esconde un mal más básico y general; para ella la imagen de ese mal es una manifestación de personas que marchan, levantan los brazos y gritan al unísono las mimas sílabas” (pp. 106-7).

Hacia el final de la novela, se sienta las bases de la bondad en Karenim, la perra-mascota de Tomás y Teresa que enferma de cáncer. El amor y la bondad genuina encuentran metáforas encontradas con la religión, con la pseudo bondad del hombre, y Teresa en sus monólogos, expone la miserable condición humana contrastada con la dulzura del animal moribundo. Todo un canto a la bondad que existe en los animales y la potencial maldad del hombre.

La novela, ya un “clásico” del siglo XX es un retrato histórico por referentes, más que por hechos, llegando en ocasiones a ser una “parahistoria” de las historias oficiales del comunismo, de las ideologías, el arte y la cultura europea del siglo XX. Lo que Tomás vive, lo que Teresa siente, y las reflexiones estéticas, filosóficas, ontológicas, metafísicas, etc. son un interesante paso narrativo por la vida de los personajes, a través de dichas digresiones que crean un todo de la perspectiva, tan genuina, en esta obra de Kundera. Al final, la obra es un “es muss sein” que ratifica “la grandeza del hombre” que carga con su insoportable destino.

[Cito por la edición: Kundera, M., La insoportable levedad del ser, trad. F. Valenzuela, Tusquets Editores, México, 2002]

 

Alejandro Loeza

 

Los blues del cocodrilo de Ignacio Arellano

Estándar

 

Poemas de métrica variada que se reúnen bajo este singular título y que encuentra su explicación dentro de la obra. La musa del hablante lírico no es otra sino Lisi, imaginario que ya da título a otras obras del autor. A su vez, es curiosa la forma en la que es utilizado el paratexto (las notas a pie de página) como un guiño como elemento semántico del oficio del autor al juego filológico al que somete su propia obra. Acá algunos poemas de dicha obra.

Otra vez, Lisi, recordándote (fragmento)

Lejana, con mi café valientemente empuñado
quiero olvidarte mientras leo a Petrarca con frenesí
y suena en la guitarra de Narciso Yepes
algo exquisito
sumamente elegante como mi compostura
de hombre de rectas intenciones,
de verdadera hombría
lejos de su amor y de su patria.

Busquemos, Lisi, un remedio porque esto no puede seguir así (fragmento)

Yo quisiera ser un hombre tranquilo
gustador de leves aéreos perfumes,
de ondas sosegadas, de serenas playas,
y no ir de taquicardia en taquicardia
huyendo de tus besos a quemarropa

A lo mejor un día (fragmento)

Yo nací para ciertas conquistas
en mundos lejanos, con carabelas frágiles,
para surcar océanos donde florece el pájaro barnaclas
y acecha en sus costas el lobo menar,
arrear por las pampas los ganados,
o cazar la ballena en el helado sur.

A esto llaman amor

Si quieres, despréciame, adelante;
un día me cansaré y me iré muy lejos,
ya no te aburrirá mi presencia abominable,
ya no oirás mi voz enamorada.
te quedarás más huérfana que el pájaro de Arabia.
y me echarás de menos. Pero tarde;
en un vado estéril de algún río
bien remoto y sin duda bituminoso
habreme muerto ya de soledad y olvido.

Haz lo que te de la gana(fragmento)

A mí nada me importas que me dejes
que ya sabré buscarme quien me quiera
sin tantos aspavimentos.
y hasta puedes quedarte con la casa
y el piano y la caldera del garaje
que necesitarás en el invierno.

(Cito por la edición: Arellano, I., Los blues del cocodrilo, CELYA, Salamanca, 2006.)

Alejandro Loeza

Trilogía de los Pizarros II: Amazonas en las Indias de Tirso de Molina

Estándar

Continuando con las comedias que, como se comentó en el análisis de la primera parte de esta trilogía, creemos fue encargada a Tirso para ser parte de la campaña de “limpia” de los Pizarros. Amazonas en las Indias es una obra dramática de tres actos con una mayor dinámica y que de forma amena introduce el tema de la grandeza de las acciones de Gonzalo Pizarro, hermano de don Francisco, por quien la familia caería en desgracia durante el gobierno de Carlos V. Tirso, con esta comedia, nos muestra una vez más como la literatura suele ser maniquea, pero ante todo una gran evasión: en su objetivo por limpiar el nombre de los Pizarros, Tirso omite los temas cruciales en política, como la promulgación de las Leyes Nuevas, pugnadas por fray Bartolomé de las Casas en favor de los indígenas, y en cambio, crea una narración con numerosos elementos alegóricos y que ennoblecen al conquistador español.

El primer acto abre con Gonzalo Pizarro y su maestre de campo, Francisco Carvajal, combatiendo a las amazonas. Estas son Menalipe, reina de las amazonas y Martesia, hermana de la anterior, quienes defienden sus tierras de los conquistadores pero que pronto sucumben amorosamente (¡) a los españoles. Así, Menalipe queda irrevocablemente enamorada de Pizarro y Martesia de Carvajal, ofreciendo Martesia:

Quédate aquí, serás mi esposo y dueño,
haré por causa tuya
que ley rigurosa se destruya
desta región y su infecundo empeño. (vv. 160-3)

Llama la atención como la obra de Tirso pone en relieve la dura condición que le impedía comprender la cosmogonía de los pueblos indígenas, anteponiendo fantásticas narraciones entremezcladas con mitología occidental. Los versos que van del 405 al 435 en voz de Menalipe, son un buen ejemplo que manifiesta ese choque de culturas. Con todo ello, Tirso intentará justificar la nobleza de estas hermanas amazonas. La misma Menalipe le dice: «Sé, en fin, que buscando fama / vienes, español» (vv. 555-6) y reitera la petición matrimonial, con sometimiento gratuito incluido: «Admíteme por tu esposa; / derogaranse mis leyes, / juzgaranse venturosas / a tus pies estas provincias» (vv. 586-9). Sin embargo, el galán y noble Gonzalo advierte:

Para casarme contigo
eres de contraria ley.
Vengo en nombre de mi rey,
leal sus órdenes sigo.
Esta bélica región
por dueño suyo te adora;
si te doy la mano agora
tendrá la envidia ocasión
de afirmar que me levanto
contra mi rey con la tierra.
La lealtad que en mí se encierra
es de siete, obliga a tanto,
que a tu afición contradice,
porque la honra y su interés
no estriba tanto en lo que es
como en lo que el vulgo dice. (vv. 639-54)

Viendo una salida diplomática al asunto, Pizarro promete volver para casarse con Menalipe, haciendo uso de su galantería y dotes diplomáticos (?). Antes de partir, las hermanas amazonas les advierten de su trágico futuro, y les advierte cuidado. En otra escena con un salto de meses hacia el futuro, entran en escena Diego de Almagro el Mozo, quien presume haber matado a Francisco Pizarro para vengar a su padre, Diego de Almagro el Viejo. Almagro, se proclama gobernador del Perú, teniendo un choque con García de Alvarado y Vaca de Castro, terminando así el acto.

Diego.  Solo el vencido
es traidor. Los excesos
del vencedor canonizan
lealtades. ¡Al arma! ¡A ellos! (vv. 925-8)

¡O César o nada!
¡O el cuchillo o el imperio! (931-2)

 

La segunda parte de la comedia se da después de la batalla de Chupas (septiembre de 1542) donde Almagro el Joven ha sido derrotado. Gonzalo regresa de su expedición, celebra el nuevo cargo de gobernador del Perú, Vaca de Castro, quien pide el relato de la misión de canela, la cual es narrada extensamente por Carvajal. Después es anunciada la llegada de Núñez de Vela como virrey de Perú, por orden de Carlos V. Gonzalo advierte que su hermano le habría dejado ese cargo encomendado, y ante la nueva normativa, esperará la ratificación del emperador y añade:

Mas si el virrey que viene
turba la paz que agora el Pirú tiene
(como dél se recela y conjeturo)
y a mis servicios muestra ingrato pecho,
por fuerza habré de usar de mi derecho. (vv. 1633-7)

Al final opta por retirarse a la encomienda de Los Charcas. Aparecen nuevamente en escena Martesia y su hermana, quien advierte que Gonzalo será víctima de traición y morirá decapitado. Ya en Los Charcas, Gonzalo consuela a su sobrina, Francisca, hija de Francisco Pizarro, y le promete matrimonio, amparándose en lo dispuesto por el Papa, como dispensa al incesto en la época entre españoles:

Gonzalo.             Título más venturoso
querrá el celo que me cuadre,
si como me llamáis padre
venís a llamarme esposo (1778-81)

pues en semejantes grados
suele el Papa dispensar; (vv. 1792-3)

Carvajal aparece e informa a Pizarro que Núñez Vela siembra la discordia en el Perú. Toda la escena la han presenciado en secreto las amazonas, quienes recriminan a Gonzalo su actitud, y le reiteran el fatal vaticinio. Él determina

Gonzalo.             Mientras el emperador
no derogare el dominio
que en daño de mi derecho
han negociado validos
para Blasco Núñez Vela,
a las Charcas me retiro,
donde en quietud y descanso
saldré destos laberintos. (vv. 1990-7)

Menalipe y Martesia huyen volando, llevándose de las orejas a Trigueros, haciendo uso el autor del exotismo propio de la forma de pensar de los españoles de la época: «fuerza de hechizos, / que en esta tierra el demonio / con esto engaña a los indios» (vv. 2055-7).

El último acto se da un mes después del anterior, donde Gonzalo celebra su retiro en Los Charcas. Trigueros regresa de forma mágica y advierte de los suplicios a manos de las amazonas. Carvajal entra en escena y junto con otros militares le piden a Gonzalo que intervenga en contra de los atropellos y actitud tiránica de Núñez Vela. A su vez, recuerda que el imperio español debe ser modelo de gobierno para los indios, quienes ignorantes de deber obediencia y veneración a aristocracias y dioses de otros lares, no se les pude dejar sin ley que les someta:

Carvajal.              Nuestra ley, cuyos principios
saben los indios apenas,
¿podrá en ellos ser durable
si en su libertad los dejan? (vv. 2356-9)

Este acepta y ante Carvajal aparece Martesia y Menalipe, quienes ofrecen refugio en sus tierras ante la inminente guerra civil. Después de la guerra, Gonzalo está dispuesto a seguir las órdenes de Carlos V, pero Carvajal y los militares le exigen ser cabeza de estos para independizarse de Castilla, algo que su honor no le permite, entonces es sometido y decapitado.

Gonzalo.             ¡Vive el cielo! ¡Desleal,
desconocido, traidor!

Carvajal.              Sé rey, no gobernador. (Vase.)

Uno.                                      Todos con Carvajal
venimos a coronarte

Todos.                 Esto tu ejército pide (vv. 3080-5)

Gonzalo.             Diga que pude la fama ser
monarca y que no quise,

que todos me desamparan
por fiel, por leal, por noble;
será feliz mi desgracia (vv. 3104-7)

La última escena la cierran Menalipe y Martesia comentando como se ha cumplido el negro augurio y sin embargo, advierten que el apellido Pizarro triunfará en los años venideros con un bisnieto Francisco, quien no es otro sino Juan Fernando Pizarro, quien conoció a Tirso durante la estancia de este en Trujillo.

De esta manera, Tirso escribe esta comedia, en la cual, edifica la figura de Gonzalo Pizarro, conquistador español que, tras algunos trastoques de voluntades, hechizos y malos entendidos, se apega a la historia que se conoce sobre el conquistador. Así, podemos observar como esos “huecos” de la historia dan pie a ficcionalizar motivos: en vez de un traidor a la corona, Pizarro es víctima de sus buenas e inocentes intenciones, así como de su alta nobleza (proveniente de bastardos, como hemos visto en la primera parte de la comedia). Tirso hace de todo ya no por ennoblecer a los Pizarros (trabajo anterior) sino en demostrar como el hecho por el cual le fue retirado el marquesado, debía ser restituido, y la obra cumple la función de panfleto ideológico a través de la exótica visión española de la conquista en el siglo XVII.

 

 

Alejandro Loeza

España, según Tirso de Molina

Estándar

Hace algún tiempo me topé con un texto que descubrió don Marcelino Menéndez Pelayo en las bibliotecas españolas de principios del siglo XX. Dicho texto, lo atribuyó a Tirso de Molina. Lo interesante de este pasaje, que, hasta donde sé, no ha sido discutido, es la descripción que hace Tirso de la España del siglo XVII. Una descripción interesante en el marco de las letras áureas, ya que el texto presenta los principados y delimitaciones geográficas de España, no sin la carga barroca de la escritura del mercedario. He aquí el texto:

Siguiendo, pues, este discurso, si la cabeza y el principio del universo mundo es el oriente de quien le tuvo el movimiento del sol y los celestes orbes (que es como el alba de todo lo criado), habrémosle de dar proporcionalmente a España la disposición misma (pues las especies participan necesariamente de la forma y esencia de su género), y comenzando su organización por la cabeza, desde la región más oriental (que es por donde se origina), distinguiéndose de Francia, hallaremos ser Cataluña su cabeza (que es la que al nacimiento del sol la da principio), serán pies suyos Portugal, y el reino de Galicia (que tienen por límites al océano), su derecho brazo los de Aragón y de Navarra, el izquierdo los de Valencia y Murcia, el pecho, asiento del corazón y de las dos vidas, sensitiva y vegetal, las dos Castillas, vieja y nueva; discurriendo de este modo, por las demás regiones suyas, cojeturaremos que las de la siniestra parte (que son Andalucía, Algarves, Extremadura y lo que bañan Guadaña y Tajo) son como el izquierdo muslo de este cuerpo (no he hallado voz más aliñada para la descripción que pinto, y así es forzoso que me valga de ésta), la pierna, el pie y los dedos (que le dan fin), el reino Lusitano y el derecho, los restantes de la provincia misma, con las de Galicia y las Asturias.

El texto fue extraído de Menéndez Pelayo, M., “Una obra inédita de Tirso de Molina”, en Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, t. XVIII, 1908, pp. 1-17. Este fragmento procede de las pp. 7-8.

El Cortesano de Baltasar de Castiglione

Estándar

Es de llamar la atención la serie de textos que se dieron entre los siglos XV y XVII que exponían principios, ideas y dinámicas que los gobernantes, o buenos príncipes, debían de tener con respecto al buen gobierno. Más aun es destacable el lugar que ocuparon los textos de los italianos, entre ellos el más reclamado y conocido es, casi seguro, El príncipe de Maquiavelo. La obra de Maquiavelo toma como eje los diálogos lucianescos, que eran de principios mucho más liberales, mientras que los diálogos ciceroneanos transmitían una edificación del ser humano a partir de la virtud. Este último modelo guarda relación con una obra que tuvo particular influencia en la España del siglo XVI: El cortesano de Baltasar de Castiglione.

Castiglione fue un hombre que se rodeó de círculos cortesanos: nacido en 1478, en Mantua, Italia, estuvo en la corte de Francisco Gonzaza, y posteriormente en la corte de Urbino, que tendría gran influencia en sus maneras políticas y diplomáticas así como en la redacción de El Cortesano. Estuvo bajo las órdenes del papa León X y posteriormente de Adriano VI, quien le envió en 1524 a España en calidad de nuncio. Falleció en 1529 en Toledo, y posteriormente el emperador Carlos V diría “es muerto uno de los mejores caballeros del mundo”. El libro Del cortegiano lo redactó Castiglione entre 1513 y 1518, justo después de terminar su estancia en la corte de Urbino. El Cortesano está escrito a través del género del diálogo, en cuyo caso tendría en cuenta la tradición de las obras de Platón y Cicerón. La obra esbozará los elementos que conforman no sólo al cortesano en sí, sino un ideal de perfección humana.

La obra comienza con el planteamiento argumental, anunciado desde el prólogo al Libro I como intención de “formar con parole un perfetto cortegiano” haciendo emanar de la dialéctica propia de la corte el ideal de hombre, que a su vez deberá ser una civilità, es decir, una norma de vida.  En el Libro I, los nobles de la corte de Urbino se reúnen en el palacio con la duquesa Isabel Gonzaga y su cuñada Emilia Pía. El tema que rige este primer coloquio será las actitudes que debe tener el cortesano perfecto, siendo Ludovico de Canosa quien desarrolle la cuestión, con el sucesivo diálogo entre los participantes.  Así, se perfilan las cualidades físicas e intelectuales  a través de anécdotas de los tertulianos. A su vez,  se introduce el tema de la intelectualidad en el ámbito cortés y las divagaciones eruditas y cultas.  El diálogo concluye con la llegada del prefecto a Roma y los tertulianos proceden a bailar y jugar, hasta que la duquesa se retira y todos se van a dormir.

El Libro II abre con las advertencias de Castiglione acerca de las excesivas ponderaciones de los viejos a las cortes antiguas en detraimiento de las contemporáneas. Así, desecha la exaltación de “todo tiempo pasado fue mejor” destacnado la excelencia de la corte de Urbino. El coloquio se da al día siguiente donde quedó el Libro I y la continua Federico Fregoso, donde se destacarán las gracias que debe tener el cortesano, tomando la palabra Bernardo Bibbiena, quien hace un tipología de las gracias verbales y ejemplifica con anécdotas e historias. A propósito de las burlas y chistes, se aborda el tema de la condición de la mujer y su condición de donna di palazzo, con lo cual se encarga a Julián el Magnífico que trace dicho tema en la siguiente noche.

Así, el Libro III abordará el tema de la mujer y su condición natural, destacando sus virtudes Julián el Magnífico y vituperada por Gaspar Pallavicino. Este tema era un tópico medieval que aun hacía presencia en diversas tertulias del siglo XVI. A través de la erudición clásica, Julián el Magnífico termina destacando de manera aplastante las virtudes y bondades de la mujer.

El cuarto y último libro de El Cortesano cierra con un cambio de perspectiva, cuando el hablante adquiere una forma mucho más personal y menos retórica. En el prólogo a este cuarto libro Castiglione destacará la importancia de hablar sobre hechos pasados, a la vez que lamenta la muerte de algunos de los tertulianos, como Pallavicino, César Gonzaga y Roberto de Bari. Claramente, Castiglione está rememorando otra época, mucho más alegre. En su contenido, el libro cuarto quizás sea el que mejor se ocupa de la materia política  y aborda temas de gran importancia, como el desarrollado por Octaviano Fregoso, que se refiere a las relaciones entre el buen cortesano y el príncipe, que había sido abordado por tratadistas de la época como Guiciardini o Maquiavelo mismo. A su vez se exponen temas como el juicio sobre las formas de gobierno o los criterios de obediencia a un soberano. Otro tema importante de este libro, será el relativo al amor, tratado por Pietro Bembo, dando cierre a la obra.

De esta manera, Castiglione aborda a través de su obra un tema en boga en el siglo XVI y que perfilaba al perfecto cortesano a partir de diversas posturas desde la antigüedad clásica. Sin embargo, advertía Rogelio Reyes Cano en su edición a la obra de Castiglione de 1984, en editorial Espasa-Calpe, que esta obra no sólo versa sobre el perfecto hombre de corte, sino las normas de conducta que atañen a un ideal de hombre total, tomando en cuenta, el canon físico, moral, cultural, y hasta literario que refleja un código de comportamiento del hombre superior. Son por ende, de fines más bien didácticos los cuatro libros que conforman el cortesano, esbozando así las dinámicas dentro de la corte y la importante forma que tendrán estos a la hora de servir al poderoso, al príncipe y/o monarca. La vida en la corte, según lo expuesto por Castiglione, tiene numerosos matices que son intrínsecos a la vida misma. Sin lugar a dudas, Castiglione no tiene una idea peyorativa del medio cortesano, como lo tendrían Eneas Silvio Piccolomini o fray Antonio de Guevara. La reflexión política que podemos sacar en claro de este libro, gira en torno a ganar la voluntad del príncipe, inclinándolo siempre al bien y apartándolo del mal. De esta manera, Castiglione entrega un manual de civilitàs que permite exponer un texto sobre el buen gobierno y la perfección de los cortesanos alrededor del príncipe, a manera de utopía dialógica que tiene presencia tópica en las letras italianas y españolas de los siglos XVI y XVII.

Alejandro Loeza