La peña de Francia de Tirso de Molina

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Comedia de corte hagiográfico, con varias singularidades temáticas, métricas y ante todo de motivos políticos y de poder que han dado pie a una intensa labor crítica por los tirsistas. La obra está dentro de la Cuarta parte de comedias de Tirso de Molina y en un principio, el tema por el cual se gana el título, haría referencia al milagro de san Simón Vela. En un principio, la novela puede recordarnos a una comedia hagiográfica que Tirso puso en su Primera parte de comedias, en la que trataba como san Bruno se desencantaba de lo mundano en El mayor desengaño. Sin embargo, esta comedia, como ya anticipo, dedica más espacio escénico a los ardides políticos y amorosos que a los procesos del santo con respecto al desengaño de lo mundano.

El primer acto abre con la advertencia que Ricardo, tío de Simón, le hace sobre su edad y soltería a los treinta años cumplidos:

Ricardo.               Ya tu edad las flores pasa
de la adolescencia tierna,
y la juventud que abrasa;
treinta años tienes, gobierna,
sobrino, tu hacienda y casa
que tu flojedad me espanta. (vv. 11-16)

Simón le responde que, pese a su soltería, no se haya en el ningún mal y que por el contrario, es buen hombre. Sin embargo, Ricardo no ceja en su propuesta y le propone unirse en incestuosa relación con su prima, haciendo mención a la dispensación de Roma común en la época y que ya refirió Tirso en otras comedias (Amazonas en las Indias, por ejemplo). Entonces Ricardo le recuerda los «tres estados que el mundo» le ofrece, a saber, las letras, las armas y el ser mercader:

Ricardo.               Las letras, sobrino, son
estas; si apeteces letras
(que te causan confusión)
y sus misterios penetras,
honrarás su profesión,
que bien puedes ser casado
y juntamente letrado (vv. 96-102)

Las armas dan en el mundo
honras de real aparato (vv.124-5)

Si este estado [mercader] seguir quieres,
los príncipes de más nombre
harán cuanto les pidieres,
que ya el más presumido hombre
adula a los mercaderes. (vv. 166-170)

 

 

Así Simón evalúa los tres platos que le han servido, haciendo una muy curiosa comparación entre las mujeres y los dichos oficios, a saber:

Simón.                                 Las letras, porque ellas son
tan sabias para engañar (vv. 186-7)

Las armas, por ser extrañas
en el mundo las hazañas
con que atropellan rendidas
Troyas en Asia encendidas,
y mal ganadas Españas.
El peso y vara es la vida
de su codicia fingida,
porque la mujer más cara
suele al medir de una vara
dar los gustos sin medida (vv.191-200)

Así resulta para el protosanto, los tres oficios un agobio de lo que es la mujer y después de este diálogo tan ingenioso, Simón se duerme, siendo interrumpido por una voz que le anuncia que debe buscar la peña de Francia, lugar donde encontrará esposa santa y bella. De esta petición Simón interpreta que en dicha peña encontrará una esposa «que el honor ha menester / que no la ablandará el oro / si de de peña la mujer» (vv. 283-5).  Entonces Simón parte en búsqueda de la famosa Peña, y la participación más prolongada del mismo acaba, para dar pie al entramado político y amoroso que ocupará la gran mayor parte de la comedia. Catalina, infantes y hermana del Rey Juan II, profesa amor por el noble Enrique. Sin embargo, el hermano de este último, Pedro, también está interesado por la infanta y entra a competir con el de su propia sangre. Escena después, Catalina, en el castillo, deja abierta la venta de su habitación, la cual aprovecha Pedro con ayuda de una escalera para, en medio de la noche hacerse confundir con su hermano, Enrique. Sin embargo, al oír a su hermano acercarse, huye del lugar, y al dejar la escalera, Enrique sospecha su deshonra. Llega el rey y contempla a Enrique al pie de la ventana de la infanta, e inmediatamente entiende el acto como una deshonra, a la vez que aparece Pedro, con intenciones de quitar la escalera. Ambos hermanos son puestos en la cárcel, terminando así el acto primero:

Pedro.                  ¿Quién me prende?

Fernán.                               El rey.

Pedro.                  ¿El rey? ¿En qué de mí se ofende?

Rey.                                      En que os hacéis también, don Pedro, cómplice
en los insultos del hermano vuestro. (vv. 1027-30)

Abren el segundo acto Gonzalo y Pedro, quien se encuentra preso, pero el primero le ofrece la libertad a cambio del favor de la infanta si acusa a su hermano y le traiciona. Este acepta. Mientras tanto, Catalina diseña un plan para liberar a su amado Enrique, mandando a ser liberado con unas llaves de contrabando. Mientras tanto se consuma la traición de Pedro:

Gonzalo               Por mi consejo, don Pedro,
estáis libre y sois marqués,
y la infanta antes de un mes
será vuestra. (vv. 1275-79)

Pedro.                                  Venderé por ella yo
no a un hermano, a todo el mundo. (vv.1282-3)

En la cárcel, Enrique es informado de todos los movimientos políticos que se dan en la corte, y afirma que el rey podrá «hacerlos nobles, / pero a nadie dellos fiel» (vv. 1294-5). Padilla, sirviente de la infanta Catalina, libera a Enrique quien se encuentra con Fernán y Pedro, contra quienes pelea, da muerte a Fernán, y Pedro y Gonzalo huyen cobardemente. Enrique, con precio a su cabeza huye al campo, donde se dan diálogos entre rústicos y Elvira, campesina de gran belleza se enamora de Enrique, quien nota su belleza. Los versos finales del acto son sobre el amor que ambos se profesan.

La primera escena del tercer acto consiste en diálogos pastoriles que básicamente plantean diversos temas pero en el que se destaca el diálogo entre Melisa y Elvira, y esta última le advierte a la primera que Enrique «se me entró por la vista / a robarme el corazone» (vv. 2233-4). Por su parte, el Rey confirma que Enrique huyó y Pedro, aparte, se avergüenza de la derrota que recibió aquella noche. Aunque en el acto anterior Simón había tenido breve aparición haciendo en la prisión con Enrique, no logra poner diálogo de mayor interés. No es sino has este tercero donde su búsqueda por la Peña lo lleva a Salamanca, guiado por la voz…

Simón.                                 Un agujero hasta dentro
llega en la peña, de donde
cayó el risco. En él se esconde
una imagen que es su centro.

Ante el milagro de la Peña, de donde sale una imagen de la Virgen Santa, se descubre la traición de Gonzalo (por propia boca) y así todo se resuelve con felices nupcias: Enrique con Catalina, Pedro con Elvira (quien resulta ser noble, claro está) y el perdón del Rey quien restituye a todos los nobles en sus cargos. El pastor Tirso, explica el milagro

Tirso.                                    descubrió una imagen santa
dentro de una dura peña
de donde salió más crara
que el sol, y llevando todos
azadones y palancas
desencajamos el risco
do la imagen se encerraba;
y cortando de los robles,
de enebros y encinas, ramas,
para adornarla, hemos hecho (vv. 3079-88)

Simón entrega la imagen para su custodia a los padres de la orden dominica y Enrique cierra la comedia afirmando que «Esta imagen (de Dios Alba) / es la que España venera» (vv. 3133-4).

Es así como observamos lo dicho por Vásquez en su introducción a esta comedia: «El componente histórico está supeditado al hagiográfico, que es el foco, el núcleo central e inspirador de la acción». Esa historia, profana, se hace acompañar de elementos del santo que Tirso habría encontrado en el Flos sanctorum de Alonso de Villegas (1568) y el de Pedro de Rivadeneyra (1599-1601). Una comedia interesante, que de sus hojas se puede desprender interpretaciones dignas del complejo entramado político del (en efecto) mozo rey Felipe IV. Sin embargo, peligro lleva ese camino y disfrutar de la obra bajo sus propias leyes es más interesante, a mi juicio. Ahí la traición del hermano, Pedro, quien vende a su hermano por el amor de una dama. Del otro lado las envidias, la nobleza, los ardides amorosos y un santo, que en este caso, es sombra de la dramaturgia, mero protagonista de los dilemas pasionales dentro y fuera de la corte.

 

 

[Cito por la edición: Tirso de Molina, Obras completas. Cuarta parte de comedias II, ed. I. Arellano, IET, Navarra, 2003]

 

Alejandro Loeza

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Trilogía de los Pizarros III: La lealtad contra la envidia

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Esta es la tercera y última comedia sobre los Pizarros. En esta pieza, se refuerzan numerosos tópicos sobre la conquista española, aderezado con el amor cortés y galán de Fernando Pizarro. En esta obra, Tirso de Molina cierra su trilogía demostrando el ingenio en el que, el primer acto, está compuesto por el amor cortés; el segundo por la intensa acción durante la conquista de Perú y las rebeliones almagristas y una tercera que se dedica a rescatar el buen apellido de los Pizarros y a cerrar el ciclo romántico-cortés que se inició en el primer apartado.

El primer acto abre en la plaza de toros de Medina del Campo a donde llega el famoso Fernando Pizarro, procedente del Perú y con el objetivo de entregar el botín-saqueo al Rey, ya que él, afirma, solo “fama pretendo, no plata” (v. 296). La dicha plaza de toros se quema y don Fernando, después de sortear al toro, salva a doña Isabel Mercado, de quien queda enamorado al instante.

Fernando.          Voraz el incendio, crece
el espanto y la inquietud.

Quintanilla.        En una silla han sacado
del riesgo una dama bella.

Fernando.          ¡Válgame Dios! ¿No es aquella
doña Isabel de Mercado?
¿Qué espero aquí si la adoro?

Dentro.                               ¡Huir, que el toril se ha abierto!

Unos.                   ¡Agua! (vv. 355-63)

El rescate de la doncella se da en medio de la cobardía de los demás personajes que acentúa el valor y la gallardía  del conquistador extremeño.

Fernando.          ¡Aquí valor, aquí estrella!
no ha de mal lograr mis gozos
la fortuna, no la suerte.
Amor, esta es mi ocasión. (vv. 375-8)

Don Fernando entrega, desmallada, a Isabel a su hermano, don Alonso Mercado. Manzanilla, personaje secundario, describirá a la doncella:

Manzanilla.        Merece
todo el amor que le ofrece
su beldad.

Castillo.                                Puede en España
ser espejo de doncellas
en virtud, honestidad,
recato, afabilidad
y discreción. (vv. 457-63)

A su vez, Alonso Mercado le ofrece a don Fernando hospedaje en su casa, a manera de agradecimiento, y Vivero, galán que se confrontará contra Fernando, no deja pasar la oportunidad de rememorar sus hasta ahí “notables hazañas” en América: matar indígenas.

Vivero. Dicen que en el Occidente
vuestro ánimo varonil
mataba de mil en mil
los indios (vv. 657-60)

Después de presumir de estas y otras “hazañas” de la conquista, se le advierte a don Fernando que tanto Isabel como su hermana Francisca están enamoradas de él: “La dama que socorristes / os confiesa obligación, / su hermana os muestra afición” (vv. 741-3). Pero don Fernando no da a conocer por cuál de las dos siente afecto: “Yo adoro a una de las dos”. Ellas por su parte, encantadas del amor cortés del galante conquistador:

Isabel.  ¡Qué apacible!

Francisca.                            ¡Qué discreto! (v. 1187)

Aparece en escena Gonzalo Vivero, quien también profesa amor por Isabel y se entera de las pretensiones del conquistador, sintiendo celos del mismo. Entran en escena don Fernando y Alonso, y este le exige que diga a cuál de sus hermanas desea desposar, a lo cual responde que no puede decirlo para no herir a la otra, pero promete casarse con alguna de las dos a su vuelta del Perú. Ya en el lugar del duelo, Vivero reconoce sus celos frente a don Fernando y le termina pidiendo unirse a él en su expedición al Perú, lo cual acepta.

El segundo acto inicia con la acción en batalla en Perú. Da inicio el acto la exaltación bélica en honor al imperio español:

Fernando.          ¡Ea, valor de España,
asombro de la envidia!
Esta es, sin ejemplar, la única hazaña.
¡Más gloria ha de ganar quien con más lidia!
Trescientos mil y más son los contrarios,
menos somos nosotros de trescientos;
ya están, en ordinarios
asaltos semejantes, los alientos
de vuestro esfuerzo heroico acostumbrados
a ejércitos vencer desbaratados. (vv. 1491-1500)

De esta manera, el honor, la hazaña militar y el orgullo de Pizarro se fundamenta en el asesinato con justificación política-militar de indígenas. Pero Tirso de Molina sería consiente de las controversias que los jesuitas mantuvieron con las “formas” de la conquista, realizadas por los militares españoles, así que no omite introducir una escena que sea apologética del genocidio. Durante la guerra que mantienen los hermanos Fernando, Gonzalo y Juan Pizarro en la revuelta contra Inca (Manco II, 1536-1537) se refiere el milagro de la bajada del apóstol Santiago, demostrando así el favor de Dios hacia los españoles y sembrando el temor entre los indígenas que se retiran del campo de batalla: “Baja de una nube sobre un caballo blanco Santiago, armado como le pintan, y húyenle los indios”. Así, Dios a través del apóstol autoriza y avala el asesinato de miles de indígenas… Por si fuese poco, el fuego que hace peligrar a los españoles durante la batalla, es apagado por Nuestra Señora (¡):

Fernando.          No habrá duda
desde hoy, contra envidia tanta,
de que esta conquista es santa
pues Dios nuestra empresa ayuda;
que para que quede muda
la lengua del que se atreve
a decir, torpe y aleve,
que injustamente poseemos
este imperio, ya tenemos
fe que lo contrario pruebe. (vv. 1820-1829)

Inmediatamente después, a los hermanos Gonzalo y Fernando Pizarro se les notifica la muerte de su hermano, Juan. Se da pie a una pieza que condena el hurto y el saqueo del oro…con miras a uso personal, porque el saqueo por y para la corona española sí era correcto. Chacón afirma, al momento de robar:

Chacón.               Como la codicia esfuerza
y en las Indias nadie trata
de pelear y vencer
sino por volver a España
a costa de tanta hazaña
rico y vivir a placer,
porque lo que hemos pillado
se escapase del montón (vv. 2048-55).

Pero Castillo, otro soldado, ve como Chacón es castigado por fuerzas sobrenaturales y aprende la lección de no dejarse llevar por la codicia (¡): “Todo mal viene por bien. / La codicia me empozó” (vv. 2126-7). Por su parte, Castillo intenta abusar de Guaica, india que es noble y profesa gran amor a Pizarro (¡). En otra escena, dialogan Fernando y Gonzalo, quejándose éste último de que el rey no premia con equidad sus méritos y desde acá se hace implícito algunos de los más notorios comentarios en contra de Almagro. Sin embargo, Fernando le obliga a guardar compostura, y mantenerse en la línea de servilismo cortés que exige la monarquía absoluta, exaltando la búsqueda de honra y fama en vez de posesiones materiales…

En escena aparte, Juan de Rada entrega carta a Inga (Manco II) que, escrita por Almagro, le propone aliarse para derrotar al enemigo común: los Pizarros. Como es de suponer, la carga peyorativa sobre los indígenas no sometidos a la voluntad imperial, son, entre muchas cosas, traidores en potencia: en secreto Inga acepta la alianza pero piensa luego ir en contra del mismo Almagro: “Si cumple esas promesas / el español Almagro, sus empresas / serán restauración de mi corona / y él el señor de nuestra indiana zona” (vv. 2342-5). Almagro se rebela contra los Pizarros y Fernando queda preso. En medio de la contienda el soberano inca demuestra sus verdaderas intenciones (recuperar lo propio). Al final de esta dinámica escena, Castillo y Chacón hablan de la traición de Almagro y de la condena a muerte de Fernando. Sin embargo, Fernando compra su libertad a partir de la codicia de Almagro.

El tercer acto se desarrolla en Medina del Campo, ya transcurridos los años. Ahí Isabel Mercado y Gonzalo Vivero mencionan los ya conocidos hechos de la conquista, a la que se añade la batalla entre Fernando Pizarro y Almagro, que tuvo lugar en las Salinas en abril de 1538, con la victoria del extremeño y la condena a muerte del rebelde español. Sin embargo, a la vuelta de Pizarro, este es encarcelado hasta esclarecer los asuntos en el castillo de la Mota, en 1540. Por su parte, Francisca le hace saber a Fernando su interés amoroso por él, estando él en prisión. Una vez fuera, Alonso Mercado le informa a Fernando de la muerte de su hermano Francisco a manos de Almagro el Joven en la batalla de Chupas (1542) pero también le informa que su hermano Gonzalo se ha levantado en Perú contra el gobierno de Carlos V, matando al virrey Núñez Vela. Fernando reniega de Gonzalo, en soliloquio. Entra en escena Isabel quien se ha casado en secreto con Fernando, hace un año y le anuncia que se retira a un convento. Sale y entra en escena Francisca, quien le ofrece las llaves para escapar de prisión, pero él las rechaza porque prefiere morir antes que perder la fama.

Fernando.          Tan costosa libertad,
Alfonso, no es conseguirla,
es perderla. ¡Ojalá el cielo
trocara suertes y, viva
mi cara esposa, acabaran
con mi muerte apetecida! (vv. 4084-89)

Sin embargo, Mercado le hace ver que la virtud del amor de su fallecida hermana debe ser honrada con su vida. De esta manera, Francisca es ofrecida por Fernando y su hermano a Vivero, quien le acepta en matrimonio y cierra la obra con boda y sepelios, evitando (de forma bastante curiosa) la tragedia, pero sin concretar exactamente el típico final de la obra tirsina. Los versos finales los enuncia Mercado:

Mercado. Vamos, pues, y celebremos
las obsequias en Medina
de aquel ángel mal logrado
que eternas luces habita,
y aprenda el prudente cuando
envidiosos le persigan
en don Fernando, pues vence
la lealtad siempre a la envidia. (vv. 4170-77)

Así concluye el tercer acto de la tercera comedia dedicada a los Pizarros, obras de corte pseudo histórico con objetivos apologéticos y reivindicadores del apellido de los extremeños. Si bien, Miguel Zugati ha apuntado correctamente todos los detalles en sus preliminares a dichas obras, es de destacar lo ya dicho por el estudioso: la disparidad tanto en tiempos como en procesos por los cuales Tirso de Molina escribe cada uno de estas piezas. Esta última, si bien condena a Gonzalo Pizarro (reivindicado en Amazonas en las Indias) en esta obra se destacará el proceso de la conquista, aderezado con sus excesos que son apologéticos del mismo. Con ello, Tirso habría servido a la casa de los Pizarros pero también a su estilo, pues en las tres comedias, el honor, la nobleza y el sentido humano tienen una presencia que trasciende al mismo proceso de la conquista y que crea modelos simbólicos en cada uno de sus personajes. Estas son las tres comedias que conforman la trilogía de los polémicos (histórica y culturalmente) Pizarros que, con justicia, pueden ser leídos para entender las recepción que tuvo el mercedario de los mismos, sin por ello dejar de ser juiciosos con el comportamiento humano, que trasciende al contexto del siglo XVII y los valores que se fundamentaron en la recién escrita historia del imperio.

 

Alejandro Loeza

Trilogía de los Pizarros I: Todo es dar en una cosa de Tirso de Molina

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Resultan interesantes los particulares casos de las trilogías dramáticas del Siglo de Oro que tienen vinculación temática, tópica, histórica, etc. Dicho interés, además de lo expresamente arraigado a la mimesis, trasciende al plano diegético de la vida y obra de sus autores. Según ha señalado Miguel Zugasti[1], la trilogía de los Pizarros estaría redactada en la última fase del dramaturgo: entre 1626-1631. Tirso tuvo la oportunidad de viajar a América en 1616, con lo cual la experiencia propia sería motivo, al menos, lingüístico que se verá reflejada en dichas comedias. Desde Trujillo, en 1626, tierra de conquistadores, Tirso emprende la escritura de dicha trilogía. Como se ha apuntado, la redacción también tendría un motivo político, quizás siendo la razón de peso para la redacción de las comedias: las representaciones tendrían el propósito de ensalzar el apellido Pizarro y contradecir las acusaciones de rebeldía y traición emanadas de las acciones de Gonzalo Pizarro en Perú. Al igual que en la edición del IET 2003, tomaré el orden de las tres comedias para reseñarlas, no correspondiéndose con la cronología en la que fueron escritas, sino en la cronología diegética de las propias obras. Por ella, toca el turno a Todo es dar en una cosa, comedia de tres actos que cuenta con algo de más de mil versos.

En el primer acto, en Trujillo, doña Margarita lee la carta de amor que le escribe don Álvaro, y advierte que «el alma acostumbra hablar / por la lengua a lo vulgar / mas por la vista a lo culto» (vv. 50-2); entra en escena  Beatriz, su hermana, quien lee la carta de su galán, Gonzalo Pizarro. En diálogo de prudencia, Margarita le señala lo indiscreto de recibir cartas de dicho personaje, hasta que cada una lee la carta que cada uno le ha mandado a su respectiva dama. Margarita entiende, a través de las palabras de don Gonzalo, que este ha mantenido relaciones carnales con su hermana, aunque ella, Beatriz, argumenta que dicha posesión es más bien, del alma:

Beatriz. Llámanse conformidades
de gustos y voluntades
que amor y el cuello han dispuesto
posesión, por el derecho
que tiene el galán o dama
en la voluntad que ama.

Margarita. No, hermana. ¡Ay cielo! ¿Qué has hecho?

Beatriz. Entregarle las potencias
del alma, que el cuerpo no. (vv. 264-72)

Sale Beatriz, entra don Álvaro, quien encuentra a Margarita releyendo la carta de Gonzalo Pizarro, sospechando de la infidelidad de su dama. Don Álvaro se entera de que el firmante de dicha carta es don Gonzalo y promete vengarse, dando así pie al enredo inicial de la comedia. En otra escena, don Francisco Cabezas, padre de Margarita y Beatriz, recibe a don Gonzalo, quien le cuenta historias militares, que remiten a la materia histórica de Enrique IV y las guerras civiles entres distintas facciones aristócratas que se le oponen para apoyar a su hermano, Alfonso XIII. Pero antes, Gonzalo hace una exaltación, muy peculiar, del tópico de las armas y letras:

Gonzalo. Plumas gastan el sabio y el soldado;
uno en papel, el otro en el sombrero.
No me llamó mi estrella a ser letrado. (vv. 422-4)
Yo, señor don Francisco, que en liciones
seis años y uno y medio en la campaña,
ya seguí las escuelas, ya pendones,
mientras respira sosegando España,
vuelvo a Trujillo, noble patria mía,
por ver si la amistad el ocio engaña (vv. 500-5)

Al salir de casa de don Francisco, don Gonzalo se encuentra con don Álvaro, y se da la confrontación, producto del malentendido de las cartas.

Gonzalo. Jamás sin causa reñí.
Templaos y no alborotemos
vecinos. ¿Sabéis quién soy?

Álvaro. Sé que fuiste licenciado
y en licencioso habéis dado […] (vv. 543-7)

(Riñen)

Álvaro. ¡Muerto soy! ¡Jesús mil veces!

Gonzalo. Ansí, mudable, sepulto
liviandades de tu insulto,
puesto que no lo mereces. (vv. 604-8)

Álvaro queda herido de muerte, don Gonzalo huye y don Francisco sale a ver la escena trágica. En el siguiente bloque, en La Zarza, lugar cercano a Trujillo, los pastores Carrizo y Pulida discuten el futuro oficio de su hijo no nacido. Carazo anuncia la llegada del señor de la villa, don Francisco, con sus dos hijas y un joven malherido. A su llegada don Francisco le cuenta a Men García, hombre que regenta sus posesiones en La Zarza, la tragedia acaecida a las puertas de su casa, lo cual le podría traer problemas con la justicia y por resguardar su honor ante el escándalo.

Francisco. Como me vieron bañado
en sangre y no prevenidas,
ocasionaran las voces
a que en las casas vecinas
me dudasen agresor,
murmurándome homicida
y conjeturando agravios
de honor, ocios y malicias. (vv. 829-36)

Queda solo don Francisco, aparece Beatriz cubierta y le indica recoger a un niño, al que ella misma ha abandonado, en el hueco de una encina. Escena cómica en la cual Carrizo, Crespo y Bertol deshacen los planes para el hijo de Pulida ya que esta en realidad no estaba embarazada sino que tenía una bolamatriz. Hacia el final de este acto, Francisco encuentra al niño, amamantado por una cabra, a quien acoge felizmente y entrega a los pastores:

Francisco. Carrizo, feriaros quiero
un tesoro que es mi hallazgo. (Dale el niño.)
Esta joya os encomiendo
que la traiga en nombre mío
colgada Pulida al pecho,
por ser de coral y plata. (vv. 1176-81)

El acto cierra felizmente pues don Francisco acepta resguardar al niño, sin conocer la deshonra de su hija Beatriz y Álvaro sana y se casa con Margarita.

En el segundo acto han pasado doce años y don Francisco introduce el problema de casar a Beatriz, quien se dedica a educar al niño, Francisquito: «Doce años lloré de olvidos / a eternizarse bastantes» (vv. 1428-9). Concierta matrimonio con don Martín, y don Gonzalo aparece nuevamente para justificar el incidente acaecido doce años antes motivados por los celos, y tras herir a don Álvaro, se alistó en las campañas militares de Italia, pero Beatriz no olvida y le reprocha:

Beatriz. A doce años de delito
no sé yo que sea bastante
la disculpa de un instante
que se opone a lo infinito.
Vos, Gonzalo, al fin sois hombre,
tarde disculpas escucho. (vv. 1501-6)

Pizarro. Agravios y obligaciones
dicen que os debo, y ya veis
cuán mal conformarse pueden
deudas de ofensas y amor. (vv. 1543-6)

Aparece Francisquito, y Beatriz, de forma ambigua, le presenta a don Gonzalo, quienes sospechan de su parentesco filial. En la siguiente escena, Francisco muestra ser necio y hiere a su maestro. En siguiente escena, aparece Hernando Cortés y planea con Gonzalo Pizarro ir a Guadalupe para enlistarse en el ejército patrocinado por los Reyes Católicos. En otra escena los pastores intenta capturar a Francisquito por haber altercado contra el maestro, sin embargo estos no son capaces de combatir al joven. Acá se anuncia la gran fortaleza y el espíritu combativo del joven Pizarro. Los pastores se van, atraídos por el paso de los Reyes Católicos camino a Trujillo. Con la distracción, Beatriz le confiesa a Francisquito ser su madre y que Gonzalo Pizarro es su padre realmente. Dolido y orgulloso, Pizarro promete labrarse así mismo una fama y fortuna, renegando de su padre:

Pizarro. no tengo padres, no admito
ascendientes que me agravien.
En mis obras legitimo
el nuevo ser que restauro,
las hazañas a que aspiro.
Deudor de mí mismo soy,
hijo seré de mí mismo. (vv. 2438-44)

El tercer acto abre con los diálogos de un pagador y un capitán quienes hablan de la guerra con Portugal y su conclusión con la paz de Alcántara (1479). El pagador advierte su odio a Gonzalo Pizarro, y encarga al capitán y a un soldado suyo, Robledo, que lo asesinen. En otra escena, Carrizo y Pulida hospedan a Quirós, soldado que exige más de le pueden ofrecer, con lo cual se da un conflicto que llega a resolver Francisco Pizarro, ahora de 15 años, con el grado de alférez, ganado en la batalla de Zamora de 1476 contra Portugal. En escena aparte, el pagador, el capitán y Robledo se enfrenta a Gonzalo, quien inesperadamente contará con la ayuda de Francisco, su hijo. Ambos, logran vencer a los enemigos. Se comunican su relación filial, pero Gonzalo no le puede reconocer pues ese mismo día ha contraído nupcias matrimoniales. Nuevamente, Francisco advierte que el nada les debe y que su gloria y grandeza se darán en función de sus acciones, con lo cual abandonará España, cruzará los mares y augura la conquista del Perú:

Pizarro. Yo, ingrato padre, a pesar
de vuestro poco cuidado,
tanta agua pienso pasar
que en ella mi honor manchado
pueda mi esfuerzo lavar. (vv. 3339-43)

Y, claramente, se hace referencia al futuro problema con su hermano, en las guerras almagristas:

Pizarro. Yo, si llegare a tener
hermanos, con más valor
que ellos he de pretender
que me veneren señor
llegándome a obedecer. (vv. 3349-53)

Isabel la Católica vuelve a pasar por Trujillo y recluta gente para la guerra de Granada. Ante ella, Robledo acusa a los dos Pizarros de haber cometido el asesinato contra el pagador, sin embargo, estos se defienden, saliendo airosos de la acusación y Francisco promete su pronta salida hacia América.

Pizarro. no volver a las costas
de España mientras no os diere
más oro y plata, más joyas
que cuando dueño del mundo
triunfó de sus partes Roma. (vv. 3666-70)

que donde hay valor y dicha
todo es dar en una cosa. (vv. 3693-4)

Esta comedia, como se ha visto, mantiene la dinámica tirsista en la confección de caracteres, pero presenta la complejidad histórica que el mercedario no pasó por alto. Si bien en las comedias de este dramaturgo los personajes representa un modelo específico (El galán, la doncella, antagonista, gracioso, etc.) esta comedia maneja dualidades: así, por ejemplo, Gonzalo al principio es más bien un burlador-asesino que hacia el final suaviza su papel. Francisco Pizarro pasa de ser un joven díscolo y agresivo a aventurero y conquistador. Beatriz sufre de la mella a su honor, pero es palpable un mayor sufrimiento de que su hijo no conozca a su padre. Este entramado dramático es rico y ofrece versos de gran calidad que ahondan en los motivos psicológicos y sociales de la época, indagando en los motivos que los llevan a sus determinadas acciones. En el seguimiento de esta trilogía, está la construcción heroica y legendaria del personaje de Francisco Pizarro: si en la práctica un bastardo sanguinario con deseos codiciosos, en el matiz dramático un joven producto de la confusión que iría a conquistar el continente americano con tal de labrarse una buena fama y enorgullecer a su patria. Es acá cuando la función política y catártica del teatro áureo muestran todo su esplendor: la posibilidad de, sin faltar a la verdad, convertir con la poesía, un hecho histórico en un elemento de grandeza, pese a los actos engañosos de sus personajes. Una comedia que sin esfuerzo, entretiene y gana al lector/espectador, y ahí la grandeza de la pluma del mercedario madrileño, que con matices puntuales, logra entretener a la vez que adoctrina.

 

Alejandro Loeza


[1] En introducción a la Trilogía de los Pizarros, en Obras completas. Cuarta parte de comedias II, IET, Navarra, 2003.

La ninfa del cielo de Tirso de Molina

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La experiencia del teatro auricular estuvo basada no sólo en los diálogos y ricos tópicos barrocos de sus estructuras, sino también en la acción escénica. La ninfa del cielo es un auto sacramental que habría sido representado durante el Corpus de 1619. La atribución a Tirso de Molina de dicha obra tiene cuestionamientos y varios trabajos que remitiré, al igual que con La madrina del cielo, al estudio textual de Arellano-Oteiza-Zugasti. Sin embargo, también en esta ocasión me atrevo a suponer que la obra es del mercedario de Madrid. Los temas y versos tienen analogía con otras piezas teatrales como No le arriendo la ganancia, auto muy posterior (parte del Deleitar aprovechando del 1635) y con un estilo maduro. Si la presente pieza es de Tirso, sus “carencias” (mínimas en mi opinión) perfilan el dicho auto sacramental y acá se ve una pluma dinámica, con claras alusiones al tema eucarístico y que parece tener la premisa horaciana: entretener.

Al igual que los más de los autos sacramentales de Tirso, el presente cuenta con poco más de mil versos en un solo acto. Acá las alegorías sí que estarán presentes, salvo por Cristo que es el único personaje que ocupa y asume su propio lugar. Pese a las dichas alegorías, tampoco supone un profundo vínculo simbólico personajes como el Alma, Pecado, Entendimiento, Memoria, etc. La obra arranca con Pecado, quien tiene por consejero a Malicia y va a cazar al campo, donde busca nuevas presas. Malicia le recrimina buscar en el campo a la presa: la ciudad, le advierte, es el lugar donde habitan la traición, la mentira, la adulación, el robo, la avaricia, etc. Además, aconseja:

Malicia. Pecado, otro intento toma,
que el caballero, el hidalgo,
el rey, el emperador,
el plebeyo, el mercader,
se pueden cazar mejor. (vv. 74-78)

El tópico de beatus ille del campo en contraposición con la ciudad es un tema que también explora Tirso en el dicho auto sacramental No le arriendo la ganancia. La acción se da lugar en este auto, y el Alma entra junto con Entendimiento a escena y se conocen los antes dichos. Pecado le dice a Alma estar perdido y necesitar de su ayuda, a la vez que Alma le expone su deseo de conocer la ciudad y el mundo. Pecado aprovecha la oportunidad y le corteja a la vez que se describe y le ofrece ir al palacio con él:

Pecado. En siete me divido, destos siete
especies diferentes he sacado,
que en nombres varios y confusas penas
del Éufrates exceden las arenas. (vv. 228-31)

No abstinencias, ayunos, disciplinas
en la mortal carrera te prometo,
sino gustos de amor, glorias divinas,
la tersa plata, el oro más perfecto,
rojo coral, preciosas perlas finas
que en sus senos engendra el mar inquieto.
Esto soy, esto valgo, y si me quieres
más que átomos del sol tendrás placeres. (vv. 240-47)

Inmediatamente, la Voluntad se inclina al pecado, Entendimiento le advierte de su calidad y la Memoria le recuerda que hay un Dios. Entendimiento, en todo caso, es el que más insistirá en que Alma no tome por amante a Pecado, pero al final de poco sirve

Alma. Ya no sé
lo que siga. Aquí el amor
me llama a fiestas y gusto,
y aquí de Dios el rigor
me amenaza (vv. 307-11)

¿Qué haré, Voluntad?

Voluntad. Partir
a los deleites del mundo. (vv. 355-56)

Llamada por los placeres carnales y mundanos, Alma va a vivir con Pecado, olvidándose del paraíso y sustituyéndolos por el «deleite del suelo». Entra en escena Cristo quien en diálogos con Memoria y Entendimiento, les hace ver la gracia por la cual redimirá al Alma y la reclamará como su esposa pues, según dice, está del Alma perdidamente enamorado. Van Cristo, Entendimiento y Memoria a la puerta de Alma, de noche, y ahí, Alma se consolida en su discurso de perfecto amasio con el Pecado.

Alma. El amante que escogí
me quiere, me estima y arma;
no tenéis que me cansar.

Memoria. ¡Antes te ofende y te infama!

Voluntad. Alma, déjalos estar,
volvámonos a la cama,
que duerme tu esposo ya. (vv. 593-9)

Posteriormente, Entendimiento le hace ver al Alma que detrás de su apacible forma, el Pecado guarda un cruel monstruo en él. En efecto, Pecado se transforma en un dragón y el desengaño se da en Alma, llorando y lamentándose de su error. Memoria le aconsejará:

Memoria. Busca a tu Esposo.

Alma. ¿Y hallaréle?

Memoria. Cosa es cierta.

Alma. ¿Querrá perdonarme?

Memoria. SÍ.

Alma. ¿Cómo?

Memoria. Haciendo penitencia.

Alma. ¡Si pequé mucho!

Memoria. No importa

Alma. Tengo miedo.

Memoria. No lo tengas.

Alma. ¿Por qué?

Memoria. Porque es muy piadoso. (vv. 700-6)

Cristo. Venid a mí los tristes y afligidos,
oprimidos del peso del Pecado,
que yo, que soy Pastor de mi ganado,
oiré de mis ovejas los gemidos. (vv. 740-3)

De esta manera se da el acto eucarístico de comunión entre el Alma y Cristo: esta llora pidiendo perdón a Cristo y él se la concede. Cristo hará énfasis en el calvario que sufrió por los hombres y su salvación. Entonces, Pecado entra en escena, culpando a Malicia de mal consejero y reclamando (espada en mano) a su “esposa”, Alma. Pecado convoca a su ejército ficticio y comienza una batalla más bien de tipo dialéctico, donde entre muchos elementos de fácil alusión reluce la expulsión de Lucifer del cielo, a manos de Miguel Arcángel, el pecado original, la tentación en el desierto y el martirio de los apóstoles. Todo lo reivindica Cristo en una magnífica construcción dialógica, dinámica y entretenida. Entonces Cristo se arma de una cruz con las cinco llagas  y derrota a Pecado. Al final, Alma celebra su matrimonio con Cristo, siendo ella, el Alma, la ninfa del cielo.

Nuevamente nos topamos con una obra que es aguda, dinámica, visualmente atractiva y con una serie de tópicos fáciles de reconocer que involucran al espectador en los fines morales del auto sacramental. No estamos sino ante la típica trama de caída, arrepentimiento, penitencia y perdón divino del Alma. Pero esta facilidad de “navegar” en esta obra, no debe confundirse con poca profundidad: la forma en la que Tirso escribe esta pieza, evoca tópicos abordados a profundidad por Santo Tomás, presentes en el Génesis y con injerencia filosófica. También parece que esta obra se adscribe a la controversia auxiliis que versa sobre el carácter y función del alma con respecto al libre albedrío.  Si bien el tema de la redención no es novedoso, la pieza de Tirso es única en diálogos y en la esencia teatral, que le da un sentido mucho más agradable y armónico.

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Alejandro Loeza

La madrina del cielo de Tirso de Molina

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Fausto

Auto sacramental de poco más de un millar de versos, centrada en la figura de la redención y que, como han señalado Arellano, Oteiza y Zugasti en el estudio de esta obra, de sacramental poco: estamos ante un drama que no presenta alegorías y mucho menos un tema eucarístico. Sin embargo, La madrina del cielo tiene una riqueza de diálogos que reditúa a favor de la psicología de los personajes. Este auto sacramenal podría presentar algunos problemas de autoría y está dentro de los “atribuibles” al mercedario madrileño. Por mi parte, considero que es razonable creer en la autoría de Tirso de Molina, ya que algunos versos y motivos (como el conocer a Dios a través de su creación) están presentes en obras como El mayor desengaño o en el Deleitar aprovechando, con frases muy similares a las utilizadas en esta obra. La problemática textual de este auto está magníficamente abordado en el estudio introductorio del grupo del IET y a él me remito para el que sintiera curiosidad o interés crítico por la atribución de esta obra.

En el único acto/escena de este auto sacramental, se presenta al protagonista Dionisio, hombre libertino que vive robando y cometiendo toda suerte de delitos sin temer a la justicia, humana o divina (aunque de la humana, ninguna mención). Le acompaña Doroteo, que será su consejero y quien siempre terminará por aprobar sus malas obras. Dionisio ha quedado deseoso de gozar a una dama que ha visto, Marcela. Doroteo autoriza el amor ilícito y alentado por su amigo, Dionisio se dispone a violar a la doncella.

Dionisio. Quiero tomar tu consejo,
que muy bien me ha parecido,
que el amigo es claro espejo,
y por ver que me ha ofrecido
la ocasión lo que deseo. (vv. 51-55)

Así se dispone a cometer la violación. Sin embargo, Doroteo, ya sólo, enuncia un discurso en el cual se sorprende de la actitud de su amigo, sin temor a Dios e incluso, invocándole:

Doroteo. Entra en el nombre del diablo.
Va a forzar una doncella
y nombre de Dios el nombre
que forma contra él querella:
Sin duda que entiende este hombre
que ha de ayudalle a movella (vv. 60-65)

Hacemos mil insolencias
sin tener a Dios temor
ni escrúpulo en las conciencias (vv. 71-73)

Posteriormente, entran en escena Dionisio y Dorotea, después de haber sido violada esta última. Ella le reclama en matrimonio, y él argumenta que ‘Cualquier cosa hasta gozalla /se tiene en veneración / hasta poder alcanzalla / mas llegada la ocasión /el mejir pago es dejalla’ (vv. 111-115). Se van ambos pícaros y Marcela invoca justicia divina. En escena aparece Cristo y promete un castigo. Salen y entran en escena fray Domingo y Chinarro, este último lego de una orden religiosa, quienes caminan por una carretera. Domingo indaga en la vida pasada de Chinarro, y su historia hace palidecer a las fechorías de Dionisio y Doroteo: fue proxeneta, burlador, ladrón, hereje y asesino de toda clase de gente. Entonces, aparecen nuevamente Dionisio y Doroteo quienes se disponene a asaltarles y les desnudan. Chinarro ofrece resistencia en un primer momento, pero Domingo le recuerda:

Chinarro. Padre ¿aquesto ha de sufrir?

Domingo. Hacello con humildad (vv. 359-60)

Concluido el hurto, los dos malhechores se disponen a dormir, y antes de ello Dionisio introduce la acción que le será vital en su juicio posterior: invoca el temor de Dios, a la vez que admite estar llamado al pecado por la naturaleza humana misma que Adán heredó a los hombres. Mientras Dionisio y Doroteo duermen, aparece el Demonio en escena, quien dice quererles a los dos y ser quien castigue a estos pecadores. Antes de salir de escena, el Demonio les muestra, entre sueños, un tesoro para que roben; al despertar Doroteo y Dionisio, van en búsqueda del tesoro soñado. Salen todos de escena y entra nuevamente Chinarro, quien promete, de forma un tanto graciosa, venganza en contra de los ladrones profanos:

Chinarro. ¿A mí el hábito? ¡Ah, paciencia,
que un tiempo solía temblar
un rayo ante mi presencia!
¡Qué cosa es un hombre estar
sujeto a humilde obediencia! (vv. 520-24)

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Los músicos le invocan a que regrese al monasterio y que deje la justicia en manos de lo divino. Entonces se monta en escena lo que tendría que ser un espectacular monte donde una pintura representa la boca del infierno, al filo del cual se encuentran Dionisio y Doroteo, sostenidos apenas por el Demonio, mientras que Domingo, Cristo y María están a lado. El Demonio les hace ver sus diez años de fechorías y crímenes. A favor de Dionisio va a interceder, primero, Domingo:

Domingo. Señor, Dionisio ha pecado
siéndoos rebelde y ingrato,
en los vicios engolfado;
mas teníalo por trato,
siendo a piedad inclinado. (vv. 600-4)

y una mala compañía
hace la virtud esclava (vv. 608-9)

Y escuchando esto, María le ruega a su hijo, Cristo, que le salve de las llamas eternas, con lo cual Cristo resuelve:

Cristo. Pues de mi mucha clemencia
los dos le habéis amparado,
doy por muy justa sentencia
(A Doroteo.) que aqueste sea condenado
(A Dionisio.) y queste a hacer penitencia. (vv. 630-4)

Doroteo también pide clemencia e intercesión de la Virgen ante Cristo, pero esta se la niega pues le recrimina su falta de arrepentimiento y temor a Dios. Chinarro vuelve a escena y Domingo le tranquiliza, haciéndole ver la gracia de Dionisio, quien ha sido perdonado. En escenas posteriores, Dionisio canta su suerte, a la vez que se arrepiente de sus pecados y un Ángel le advierte que no debe mudar la promesa y arrepentimiento que ha hecho a Cristo. Entonces, Marcela entra en escena reclamando:

Marcela. Justicia pido, Dios santo y piadoso,
justicia pido, Dios santo y clemente,
que os hará la razón ser riguroso.
Mas si es, buen Dios, acaso conveniente
que haya de mostrar vuestra clemencia,
su voluntad se cumpla eternamente,
dándome para el caso suficiencia. (vv. 975-81)

Cristo aparece y le muestra a Marcela que está atado de manos (literalmente) a la vez que enseña el martirio de Dionisio, quien, en una escena grotesca, aparece entre sangre y una soga al cuello. Cristo dice a Marcela que, de no ser por su intervención ante Dios, ningún hombre se salvaría de las llamas eternas y le ofrece que sea ella misma quien, con una lanza que sede Domingo, le mate. Marcela no puede y le perdona y Cristo le dice:

Cristo. Perdonaste tu enemigo
y esto por amor de mí;
hallaste en el cielo abrigo,
y el que no lo hiciere ansí
jamás podrá ser mi amigo (vv. 1037-41)

Con el perdón de Cristo el violador reivindicado puede casarse con la mujer violada, Marcela y esto en felices nupcias. El final otorga los últimos versos en voz de la Virgen, quien dirá

Virgen. De domingo la oración,
del Ángel la intercesión,
de los cielos la asistencia,
de Dios la suma clemencia,
y en premio de la oración,
cubiertos de casto velo,
recibiréis gran consuelo
cuando os venga a la memoria. (vv. 1124-31)

Es este auto sacramental, con tema más sacro que eucarístico, una obra dinámica, interesante por los personajes que presenta (en una aglomeración poco usual de pícaros y rufianes en una obra de Tirso de Molina) con ausencia de enredos de amor, y en la ausencia de las mencionadas alegorías tendremos la directa participación de figuras fantásticas como Cristo, el Demonio, Ángel, etc. La obra, lo anticipo, vale la pena por los diálogos y lo interesante de la construcción psicológica y la dimensión que los personajes cobran en esta obra. Naturalmente, no estamos ante la más elaborada de las obras de Tirso, pero a cambio se obtiene una obra dinámica, de fácil lectura y sin las claves barrocas que suelen rellenarlo todo en las otras obras del mercedario. Por ende, La madrina del cielo no sólo es una anticipación de motivos y temas tan importantes en la obra de Tirso de Molina como el don Juan Tenorio, sino que en el manejo de una obra de teatro menor, el mercedario es capaz de mantener un ritmo e ilación onírica que supone entretenimiento y aleccionamiento moral en una misma obra.

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Alejandro Loeza

El laberinto de Creta de Tirso de Molina

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Auto sacramental de poco más de mil cuatrocientos versos, firmado el primero de marzo de 1638 por Tirso de Molina y que habría sido hecho para ser representado en el Corpus de ese mismo año. Este auto sacramental (junto con La madrina del cielo y La ninfa del cielo) ha llamado poco el interés de la crítica tirsista, además de haber sido pocas veces editada. A su vez, existen dudas, mínimas en el caso del auto sacramental que nos ocupa, sobre la autoría de dicha obra. El laberinto de Creta, como el título lo anticipa, versa sobre un tema mitológico bastante referido y difundido en las obras del Siglo de Oro, del cual hace mano Tirso para plantear, en su alegorización, un tema teológico: Cristo, salvador y redentor de los pecados de la humanidad. A esta obra se le ha considerado de poco interés ya que éste auto sacramental no mantiene la elaborada estructura que encontramos, por ejemplo, en No le arriendo la ganancia. Sin embargo, la mencionada tarea de representación del Corpus puede justificar una posible prisa en su confección. Si bien, puede que no sea tan elaborado como los autos sacramentales que están en el Deleitar aprovechando, definitivamente el simbolismo y la confección barroca traban mucho la lectura y, seguramente, de la representación de la misma obra.

En su único acto /escena, el auto sacramental se cierne al mito de Minos y el minotauro de Creta. La entrada de Minos a Creta de forma triunfal enmarca este inicio donde su interlocutora, la princesa Ariadna y el mismo rey, Minos, destacarán la gloria de la isla y las victorias amorales de este lugar. Estos primeros versos están destinados a simbolizar en Creta un mundo corrompido por los vicios y, principalmente, por los siete pecados capitales. Minos narra en los siguientes versos como los Gigantes, Titanes o Curetes le ayudaron o bien sirvieron a la hora de consolidar su rebeldía contra Zeus.

Minos. Este es mi reino, este Creta
patria de aquellos jayanes,
ya Curetes, ya Titanes,
que mi dominio sujeta. (vv. 61-4)

pues su furor me promete
siete vicios para siete
mancebos que Atenas llore, (vv. 146-48)

En la acalorada exaltación y arrogancia de Minos, aparece un Tudesco, quien contradice y se enfrenta, discursivamente a Minos.

Tudesco. mientras el orbe restauro
la libertad que le oprimes,
por más que ese bosque estimes
cárcel de tu Minotauro,
antes que merezca el lauro
que a luchar con él me obliga,
porque mejor le consiga
y ponga fin a tu exceso,
algún cretense me diga… (vv. 179-87)

La clave de este personaje es compleja, por las referencias que se hace al Grisón y Bóreas, elemento nórdico. Para efectos prácticos, solo me apegaré a lo dicho en el estudio introductorio de Arellano-Oteiza a este auto sacramental: el Tudesco viene a simbolizar al impero de los Austria en su vertiente de defensores de la fe católica. Al discurso del Tudesco, contesta Dédalo, destacando el anterior discurso de Minos y explicando como la pasión de Pasife dio por resultado el nacimiento del Minotauro. Dédalo le explica los peligros al Tudesco de enfrentar al Minotauro, pero este está determinado a enfrentar al ser mitológico, y en este momento entra el rey de Etiopía, que interrumpe la acción del Tudesco. Este rey se manifiesta en contra de Minos y la criatura que encierra en el laberinto. Este rey etíope y el Tudesco vienen a reafirmar su papel (simbólico) de defensores de la fe católica y anuncian la llegada de Teseo (clara referencia a Cristo): «Del laberinto de Creta / destrozará la malicia» (vv. 676-7) «No temas, que este es Teseo / y ya triunfante le veo / de los bosques intrincados» (vv. 731-3). Antes de la llegada de Teseo, Risel, rústico con registro sayagués introduce una serie de versos jocosos para descargar la acción de la comedia. Por su parte Ariadna se lamenta de los placeres del mundo y su falsedad que no satisfacen la moral. Teseo entra en escena, Ariadna queda presa de su belleza y se enamora de él:

Ariadna. Cuanto ves en mí es engaño,
hechizos cuanto en mí admiras;
un monstruo soy de mentiras,
áspid que en flor cubre el daño (vv. 852-55)

En los versos consecutivos se clarifica que ese amor, en principio lascivo de parte de Ariadna a Teseo, se convierte en un amor casto y no profano. Finalmente, Teseo se presenta a Minos, enfrentándose a su forma lasciva y posteriormente al Minotauro, quien cae y se hunde en las cavernas infernales. Entonces, Floriso canta la victoria de Teseo y anuncia la celebración de la boda entre Teseo y Ariadna. Al final se invoca a la salvación de los hombres: «hasta que, con dulce vuelo, / poseáis tronos augustos / en las sillas de mi reino» (vv. 1422-24) clara alusión de Cristo prometiendo la salvación a los hombres.

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No estamos ante la obra más elaborada ni mucho menos de Tirso de Molina, y sin embargo, ni se puede prescindir de ella, ya como exponente del arte del mercedario, o bien como síntoma genérico del barroco más espeso. Los investigadores del IET en su edición a este auto sacramental, se han encargado de desarticular la crítica adversa de Ortuño, Wardropper y (no puede faltar) Blanca de los Ríos hacia esta obra. La apreciación crítica en efecto, ha pasado muchos motivos, temas, explicaciones, etc., pero creo que aún hoy, es complejo determinar ciertos valores de interpretación sobre este auto sacramental. Podemos afirmar con certeza que al ser del género al que pertenece que es forzosa la utilización de alegorías para reforzar un sacramento en específico. En efecto, Creta simboliza un mundo sumergido en el pecado, con un rey (Minos) que defiende su imperio de los vicios. Dos personajes nobles le confrontan y contradicen, mientras que Teseo llega para derrotar al Minotauro y restaurar un orden de carácter sacramental. Todo ello, invita a analizar y profundizar en el tema, pero quizás valga recordar que todo indica que, muy seguramente, Tirso no elaboró con especial atención este drama, pues el tema de la Iglesia y la salvación a través de Cristo, está mejor apuntado en otras obras del mercedario, con la complejidad y belleza suficientes como para lograr un mejor efecto en el lector /espectador. Y si fue poca la atención que el mercedario dedicó a la elaboración de esta obra, sin lugar a dudas, es significación de su alto nivel creativo.

 

Alejandro Loeza

El mayor desengaño de Tirso de Molina

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Semana Santa en Cuenca

Comedia de corte hagiográfico que en su confección mezcla temas y tópicos que abordan el amor, la privanza, el enredo, el nutrido discurso de las armas y letras y, por supuesto, el desengaño terrenal de san Bruno, fundador de la orden de la Cartuja en el siglo XI. La comedia de poco más de tres mil versos se divide en tres actos la acción del santo, de la cual, hasta donde se sabe, Tirso habría tomado licencia poética de al menos dos terceras partes de la vida del santo que en esta obra se representa. Perteneciente a la leyenda medieval, san Bruno se desengaña de la búsqueda por la sabiduría y el conocimiento a partir del milagro acecido en la universidad de París, por la condenación de un doctor en dicho centro de estudios. A partir de este momento, san Bruno funda la mencionada orden de la Cartuja. De la leyenda medieval, Tirso toma el mencionado desengaño y el sueño de san Hugo, que anticipa la fundación de la Cartuja. El resto parece pertenecer al terreno de la imaginación del mercedario.

En el primer acto, se presenta Bruno, estudiante profundamente enamorado de Evandra, a quien ha cortejado por alrededor de seis años.

Bruno.  Evandra, si cuando dejo
tantos aumentos por ti,
letras a quien años di,
respetos de un padre viejo,
grados de universidad,
leyes por la de tu amor,
cargos que ofrece el favor,
honras que dan dignidades,
¿qué estado habrá que me cuadre,
pues maltratas mi deseo,
cuando despreciado veo
por ti mi estado y mi padre?
¿El darme una mano bella
fuera mucho galardón?

Evandra. Sí, Bruno, que la opinión
tengo de mi honor en ella. (vv. 33 – 48)

Sin embargo, el padre de Bruno se opone al enlace, por menospreciar la fama y honor de Evandra, y desherda a su hijo a la vez que le maldice: «…que la noche de tus bodas /trueques gustos en agravios / y el tálamo que deseas /manchen adúlteros brazos» (vv. 237-40). Por su parte, Bruno le cuenta a su amigo el conde Próspero, de sus deseos por casarse con Evandra, y éste promete ayudarle. Bruno le anuncia que cuando le conozca verá su «calidad». Próspero conoce a Evandra, pero en vez de persuadirla, se termina enamorando de ella, y le explica como ésta se vería beneficiada de la posición social elevada y acomodada que ocupa el Conde: «seréis mi esposa y condesa, / dueño seréis de mi casa» (vv. 768- 9). Evandra, descarta a Bruno e inmediatamente acepta las propuestas del conde Próspero. Descubierto este entramado amoroso, Bruno escucha como todos los personajes van a apoyar el amor de Próspero y Evandra, con lo cual el fundador de la Cartuja, sufre el primer desengaño: el del amor. Evandra anuncia que:

Evandra. Pues todos me aconsejáis
lo que tan bien puede estarme,
y Bruno por hablador es digno de castigarle,
con la mano doy el alma
a Próspero, cuerdo amante,
que ya de derecho es suya,
si palabra satisfacen. (vv. 1002-9)

Con este desengaño (recurriendo por momentos a lo patético) Bruno se exilia, dando fin a este primer acto.

Bruno. ¡Oh desengaños del mundo!
cúrrenme vuestras verdades,
pues experimento en mí
el desengaño más grande. (vv. 1058 – 61)

Adiós patria, adiós amores;
adiós amigos mudables,
cruel padre, casa ingrata,
mujeres interesables,
que, si hazañas dan ventura,
hoy tengo de aventurarme
y dejar ejemplo en mí
del desengaño más grande. (vv. 1074 – 81)

El segundo acto comienza en el campo de batalla, en las murallas de alguna ciudad alemana, asaltada por los ejércitos de Enrico  IV, en donde el propio emperador destaca el papel de Bruno.

Enrico. No están, Bruno, bien premiados
ansí, ni su fama abonas,
que yo los vi levantados
hacer de muros coronas,
por tu esfuerzo conquistados.
Brazos tengo con que honrarte
si, a falta de los de Marte,
los de un emperador son
bastantes. (vv. 1207-14)

Ahí, Enrico reconoce el valor de Bruno y le confiere el cargo de privado y le obsequia como botín de guerra a la dama Visora: «Gobierna mi augusto estado / y, entre las armas y libros, / da consejos y haz hazañas, / reparte cargos y oficios» (vv. 1414-17). Visora es entregada como botín a Bruno y le pide que le libre de las pasiones de Enrico, casándose con ella. Sin embargo, Bruno se niega, aludiendo a su tomentoso pasado amoroso. Ya en palacio, Bruno es víctima de los entramados de celos y envidias de poder propios del escenario: la emperatriz siente celos de Visora, mientras que Milardo, anterior privado, envenena los pensamientos de la emperatriz. Y la emperatriz advierte en contra de Visora: «Mujer soy agraviada y poderosa; / para su muerte basta estar celosa» (vv. 1592-3). Las circunstancias le hacen temer a Bruno que «hoy que comencé a subir, / el caer será forzoso» (vv.  1678-9). Leida y Marción (criado de Bruno) también anuncian su caída en desgracia y los peligros de la privanza. Marción es torturado por la emperatriz para que diga cuales son las intenciones del emperador, Enrico, y este confiesa. Enrico acusa de traición a Bruno, cae en desgracia  con esto viene el segundo desengaño: el poder y la privanza. Enrico encolerizado, le dice a Bruno: «Entronizar un villano / necio y desagradecido / causa de mi enojo ha sido» (vv. 1838-40). Así, Bruno es destituido, mientras Milardo es enviado a matar a Visora, pero ambos se enamoran y Bruno les descubre. Milardo y Bruno van a entablar batalla y son detenidos por el propio emperador, quien expulsa a Bruno de la corte, mientras que admite el matrimonio de Milardo con Visora para evitar los celos de la emperatriz, siempre y cuando este se la lleve lejos de la corte. Bruno cierra el acto con su nuevo desengaño en la boca:

Bruno. Quien desengaños buscare,
mercader soy que los vendo,
pues el mayor desengaño
puede en mí servir de ejemplo. (vv. 2238 – 41)

Cartujo II, 1945

El tercer y último acto abre con los comentarios sobre la fama que Bruno ha alcanzado en la universidad de París por su sabiduría y conocimientos.

Lucio. Espantoso.
Monstruo es Bruno en todas ciencias.

Roberto. Con exceso se llevara
la cátedra, aunque con ella
se llevara la tiara. (vv. 2242-6)

Se anuncia su oposición, la cual se lleva a cabo en un aula de la universidad, donde finalmente tiene éxito y obtiene la cátedra con el discurso, entre otros, de las letras y armas:

Bruno. Mas diré por cosa cierta
que letras y armas se hermanan
y solo se diferencian
en que las armas se ayudan
de las corporales fuerzas,
como las letras del alma,
pues unas y otras pelean. (vv. 2295 – 301)

Marcela  aparece y se enamora de Bruno, a quien tienta. Se prepara el funeral de Dion, donde el muerto comienza a hablar y con ello se condena al santo y sabio Dion. Bruno se desengaña del conocimiento, los reyes de Francia presencia toda la acción, aparece en escena el papa Hugo y un ángel, anunciando el Ángel el deseo de que Bruno funde la orden vivir muriendo y es inmediatamente certificada por el papa.

Bruno. Amigos, desengañaos,
pues el que presente vemos
es el mayor desengaño.
¿A vida tan breve y corta,
a tan inefable plazo,
a jueza tan recto y severo,
a tan apretados cargos
no despertamos, señores? (vv. 3045- 52)

Una orden de vivir
muriendo quiero enseñaros,
donde aprisionéis sentidos,
enemigos no excusados (vv. 3096-100)

En ese momento, Bruno pasa a reclutar a sus primeros miembros y se dirige al desierto, a comenzar su obra y fundación de la orden de la Cartuja.

Esta comedia, por su datación, podemos considerarla fundamental como precursora de otras obras de Tirso de Molina, siempre de carácter hagiográfico, claramente. Los actos están hilados por el tema del desengaño, pero nada anticipa el fantástico final, mágico-espiritual. Pero no por lo anterior, la comedia de Tirso pierde coacción: por el contrario. Se enmarca dentro del generadora de comedias a lo divino y/o santos que tanto abundó en el Siglo de Oro. Si bien el capítulo final introduce un elemento fantástico con el milagro del santo, el resto de la obra no supone dicha maquinaría fabulosa. En conclusión, estamos ante una obra rica en temática, en el trasfondo barroco que ya está claramente definida en esta obra y que además cumple con ese imprescindible papel de la comedia en el Siglo de Oro: ser una maquinaria de ideología, a doctrinante, entretenida y compleja temáticamente.

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Alejandro Loeza