Los disfraces del fuego de Manuel Iris

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La obra de Manuel Iris es ya notoria. Académico en EE.UU., ha demostrado como el quehacer de la investigación y el de ser escritor no está peleado. Es más: Manuel Iris es de los pocos académicos con verdadero talento para la poesía. Su obra más reciente, Los disfraces del fuego, es un auténtico libro de poesía: breve y con profundidad en las palabras. Autor y editor no descuidan el aspecto físico del libro ya que cuenta con una portada sobria, emblemática y colorida. Sigo observando a este pez de colores y registros distintos, y me remito a un pez que nada a los ritmos silentes de Arvo Pärt en el infinito de lo onírico.

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El libro está dividido en cuatro capítulos, a saber: Tintinnabuli, Los disfraces del fuego, Fuga y Réquiem. Los disfraces son el leit motiv de la obra y, a través de ellos, el autor crea una poesía que señala el poder que tiene la vida sobre los sentimientos.  Decía Heidegger que poetizar es la más inocente de todas las ocupaciones ya que se le ha otorgado al poeta el más peligroso de los bienes, que es el lenguaje para mostrarnos lo que es.  A través del lenguaje Manuel nos muestra lo que es la vida, su concepción de ella en el inicio y final. Los disfraces del fuego nos remite a una mística y estética que inviste una idea sobre lo que rodea a la vida y lo que es la vida misma: silencio y repetición. La excelente propuesta musical del autor, acompaña esta idea: la del silencio rítmico. Leer Los disfraces del fuego es remitirse a una poesía limpia, sin ningún otro truco que el de la poesía haciendo que en su obra se pueda buscar y exigir en la mejor poesía: aquella que dice más de lo que enuncia. En la brevedad de los poemas, hay una complejidad existencial que no deja indiferente al lector. En capítulos tan concretos como Fuga, lo hace cómplice y le invita a seguir el juego de la poesía para rematar con un Requien.

Los disfraces son todo aquello que configura una vida, aquellas sensaciones que exploramos pero con otros nombres, sin saberlo. El poeta explora la profundidad de esos disfraces para mostrarnos lo que realmente hay detrás del vientre, la casa, la obsesión, el silencio,  la desnudez y el amor. En cambio, no serán disfraces el cuerpo, la belleza y la muerte. Esos tres nunca son disfraces. Para el escritor, la muerte no es un final, si no eterna renovación y al igual que un disfraz, en su transmutación y cambio, quien lo vive es mismo pero en diferentes situaciones “la novedad es una ilusión” afirmará Manuel.  El poemario tiene una tesis principal: se nace del silencio y muere bajo la melancólica mirada de una flor ante un ahorcado.

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Para mi gusto el primer capítulo es una oda a la melancolía que solo aquel que sabe escuchar al silencio puede entender. Manuel hace del silencio la figura principal de Tintinnabuli donde la recreación estética le llevará a hacer neologismos. El pez que atraviesa la obra de Iris de arriba abajo, es una invitación a lo ónirico, a la ensoñación misma. Pero al igual que la vida y muerte es eterno volver, cierra esta primera parte de su poemario increpándole al Silencio “¿Saldrás tu de mi?”. Otros poemas, rayan la prosa como el caso “De la memoria” donde  se nos explica la memoria vinculada a la idea de que todo está contado y hecho, hasta el infnito. Para el hablante lírico lo que importa es encontrar las formas que resuenen ante el olvido, y solo la memoria puede combatirle.

En Los disfraces del fuego, el aire es el elemento de la libertad, que, como describió Nietzsche, es la sustancia de la alegría sobrehumana.  Las palabras que están seleccionadas en Los disfraces del fuego son ejemplo de una poética original que evita el lenguaje estereotipado.

Con Manuel Iris y su poesía, se puede recurrir a una poesía contemporánea fresca, limpia, sin pretensiones ni snobismos, que atrapa por sí misma.

Alejandro Loeza